Por: Nelson Castillo Pérez

En el interior de los organismos de seguridad de Cuba, las cosas son a otro precio. Estos no sólo tienen la misión oficial de detectar la mínima intromisión de cualquier cuerpo extraño que amenace con poner en riesgo la seguridad de sus máximos líderes y la de la población cubana en general, sino que sus miembros se vigilan entre ellos mismos. Asumen con absoluta seriedad la misión que se les asigna en cuestiones de seguridad.

De esta manera es muy difícil que tales organismos se corrompan. Bajo ese estricto control de vigilancia fue como el comandante Arnaldo Ochoa cayó arrestado, cuando él ni siquiera imaginaba que los organismos de seguridad ya lo habían descubierto en su fabuloso plan que pretendía acumular la cinematográfica suma de cuatro mil millones de dólares a través del jugoso negocio del narcotráfico, el mejor del mundo, con el noble propósito de resolver los problemas de desarrollo y fortalecer la flácida economía de Cuba, noble propósito que al final del juicio no le valió para salvarse de la pena capital que le infligió el régimen cubano, con Fidel Castro a la cabeza.

Pero la diferencia entre estos organismos de seguridad de Cuba y los de Colombia, Perú, Brasil, España y los Estados Unidos, entre otros, para citar sólo unos cuantos que alardean del riguroso control de seguridad que implementan en sus aeropuertos para evitar la salida y entrada de drogas, mientras los cargamentos pesados van por otras rutas, consiste en que los organismos de seguridad de Cuba trabajan con denuedo, conscientes de que contribuyen a la seguridad del país, mientras los policías de los aeropuertos que cogen en flagrancia a las «mulas» que pretenden pasar la droga en maletas de doble fondo o en el estómago, no ven el producto de sus enormes esfuerzos. Pues saben que los narcotraficantes del mundo, con su inagotable imaginación, seguirán acudiendo a métodos cada vez más sofisticados para introducir o sacar cantidades de cocaína de alta pureza, utilizando para ello «mulas» humanas que se ven obligadas a aceptar la riesgosa misión a cambio de unos cuantos pesos con los que piensan aliviar la situación económica que aprieta. Tales policías tienen el agravante de ser testigos directos del dolor humano, de la situación embarazosa que viven esas personas en el momento de las capturas, cuando ya caen en la cuenta de la dura situación en que están y vislumbran el mundo sórdido de las cárceles, lejos de sus familias.

Los avezados miembros de los organismos de seguridad de Cuba tienen el objetivo concreto de cuidar la seguridad de sus líderes y la del Estado. Se sienten útiles. A diferencia de los maliciosos policías que participan en el estricto control de los aeropuertos, quienes saben que sus esfuerzos no contribuyen a solucionar el fondo del problema. A lo sumo, causan desdicha a los capturados a sabiendas de que el negocio del narcotráfico seguirá vivito y coleando por los siglos de los siglos antes de que los gobiernos de los países afectados dejen a un lado la falsa moral y decidan legalizarlo con todas las de la ley.