Por: Nelson Castillo Pérez

La revolución informática, la necesidad vital que obliga a los individuos a expresarse, la utilización constante de las redes sociales como canal de comunicación en tiempos tan convulsionados como los actuales, todo eso les impone a los usuarios el deber moral de mejorar cada vez más el uso de la lengua escrita como instrumento de comunicación. Los tiempos exigen que la gente se exprese, pero bien.

No se trata de pedirles a los usuarios de las redes sociales la misma capacidad escritural de un escritor profesional, como se quejó el participante de un debate a través de estos canales a quien se le llamó la atención por el enredo de sus comentarios, por lo demás irrespetuosos. Manejar la lengua escrita con la suficiente claridad que les permita a nuestros interlocutores entendernos, es lo mínimo que podemos hacer como emisores en un evento de comunicación, apenas un acto de decoro, de respeto para con los lectores.

Las leyes intrínsecas que rigen la lengua escrita como instrumento de comunicación son distintas a las de la oralidad. No se puede pretender escribir un pensamiento con la misma espontaneidad y el mismo desparpajo con que los hablantes se expresan en la comunicación oral. La lengua escrita es una estructura, un conocimiento que se construye a través del tiempo a partir de la lectura (aunque no todo aquel que lee aprende de manera automática a escribir. No: he conocido a excelentes lectores que les cuesta trabajo borronear un párrafo) o del estudio específico (existen manuales de redacción que ayudan mucho en estos casos). La lengua escrita es un aclarador, dijo Julio Ramón Ribeyro, una estructura que exige conocimiento, y no se adquiere por arte de birlibirloque. La lengua escrita es al fin y al cabo la base fundamental del aprendizaje y el conocimiento.

La sola escritura dentro del proceso de comunicación cotidiana constituye un ejercicio que exige herramientas de trabajo. Los escritores profesionales las usan. Se dice que García Márquez tenía mala ortografía, pero se valía de los diccionarios y de los amigos versados en la materia antes de publicar sus textos.

Algunos de los interlocutores que suelen contradecir mis opiniones no se complican la vida: dicen lo que tienen que decir y se van. Guardan el sumo cuidado de expresar mensajes lacónicos en una oración simple, a diferencia de otros que se ensopan en párrafos largos intrincados que no tienen ni pies de cabeza.

Los tiempos exigen la expresión de los ciudadanos, pero bien. La escritura organiza no solo el pensamiento del que escribe, sino el mundo, la vida. La escritura es un orden, un universo de claridad. El deber pedagógico más importante de un profesor debería consistir en enseñarles a sus estudiantes una expresión clara y precisa. Lo demás viene por añadidura.

Con la misma humildad con que Alejandro Durán cantaba sus canciones, sin arrogancia, me ofrezco para orientar a los que deseen mejorar su escritura, incluyendo a mis contradictores.