Por: Victor Negrete Barrera

Son inevitables. Aparecen a cualquier hora y en cualquier lugar. Los hay de esperanza o satisfacción y de temor o dolor. Algunos creen que las mujeres los sienten más que los hombres;
que empiezan a aparecer con la mayoría de edad, aumentan progresivamente con los años y luego decaen hasta llegar a desaparecer casi del todo durante la vejez.


Hay quienes opinan que estos presentimientos son expresiones de otro u otros sentidos existentes en las personas pero desconocidos o desaprovechados por ellas o el resultado de análisis elaborados con base en el conocimiento, la experiencia y la corazonada. En todo caso, sea cual sea el origen y funciones de ellos, está comprobada su existencia.


Los más comunes son los que anticipan penas o congojas. Las personas que los sienten experimentan una diversidad de sensaciones que van desde el susto momentáneo hasta la meditación prolongada, pasando por el nerviosismo, la tristeza o la preocupación. El llanto, la ira, el mutismo y la risa nerviosa son algunas de sus manifestaciones.


Una vez suceden los hechos, los presentidos u otros parecidos o se comprueba que fueron falsas alarmas, la persona vuelve a la normalidad. Los viejos por lo general toman estas premoniciones con calma, sobre todo si tienen relación directa con ellos. Primero sienten como si alguien les tocara un punto cualquiera en el corazón, lo extendiera y cubriera por completo; luego le recorriera todo el cuerpo acompañado de un frio tenue o una fiebre ligera para terminar finalmente en los sentidos.


Es entonces cuando los ojos tratan de encontrar algo en los alrededores, los oídos buscan sonidos extraños, el olfato inhala todo pretendiendo descubrir nuevos olores, el paladar se reseca y las manos abiertas intentan agarrar algo invisible. Y algo debe suceder con estos mensajes porque de inmediato dan órdenes, toman medidas y hacen recomendaciones a los familiares y amigos.


Los otros pálpitos, los que presagian los buenos momentos se caracterizan por la alegría y el gozo que producen. Irradian entusiasmo por doquier. Son algo así como señales que no se sabe de dónde proceden pero el corazón acoge y reparte generoso a todo el cuerpo que, dichoso, quiere contarle a todo el mundo lo que siente.


Hay algunas personas, en especial las mujeres deseosas de amar, que lo reciben de manera peculiar: arribita de la puntica del corazón les prende un puntico titilante que semeja un clavel de color lila en sus orillas y allí lo mantienen, vivo y fragante, hasta que desaparece lo que vaticinó el presentimiento.


Pero también hay muchas personas que confunden los presentimientos con otras manifestaciones corporales, privándose de estas sensaciones que, aunque dolorosas algunas, nos brindan la oportunidad de ver y sentir los que nos traerá el destino.