Por: Diana Novoa Montoya

La Picota es una de las cárceles más emblemáticas de Colombia. La de mayor población, tiene distintas clasificaciones de presos. En sus paredes hay muchas historias no solo de resurgimiento, también de terror.

En una de mis tantas visitas, ingresé a ‘mediana seguridad’ -este centro penitenciario y carcelario tiene infraestructura de mínima, mediana, máxima y reclusión especial-, después de la requisa, las huellas y los sellos, se encuentra un espacio muy abierto, al frente se encuentra, a simple vista, un edificio que rememora un convento. Sus paredes altas y blancas, sus ventanas pequeñas y un sin número de voces que evocan un sentimiento un poco extraño.

A mano derecha se encuentran las celdas primarias, un espacio pequeño con barrotes muy gruesos, un candado de la misma proporción, un espacio de ventilación y una habitación con puerta de hierro, oscura, tenebrosa y mal oliente. A esta celda llegan los internos y se quedan allí, mientras se les da la dotación y se les asigna el espacio donde van a estar permanentemente: patio, pasillo y si están de ‘buenas’ una celda compartida, en caso de no poder acceder a esto, tendrán que dormir en un pasillo, pero en principio la celda primaria es la bienvenida a la reclusión.

Ese día, como siempre, me detuve en la celda primaria y por primera vez los guardianes me advirtieron que no me acercara mucho que, había un personaje no muy agradable. Me sentí intrigada en conocerlo.

Al preguntar cómo estaban en la celda, los cohabitantes del mencionado personaje respondieron que aburridos, que él no era un buen compañero y que deseaban con todas las fuerzas del corazón que los llevaran pronto a sus celdas para evitar su compañía. De pronto, entre la oscuridad salió a saludar un joven de no más de 25 años, de cabello muy corto, rubio, ojos verdes, contextura mediana, atlético. Su piel estaba ajada por el sol, la calle y su aspecto, aunque de facciones bellas, era tosco e intimidante.

Un hijo de nadie, un hijo de la calle, un niño víctima de una sociedad indolente y convertido en victimario. Uno de tantos, y uno menos.

Inmediatamente un guardián me alejó de la reja explicando que la forma de agredir del interno era con excremento humano y, que no confiara en él. Obvio su sonrisa era aún más grande, porque sabía el miedo que trasmitía.

Sus primeras palabras fueron: “doctora, ¿no le da miedo venir con esas joyas aquí?”, siempre con su sonrisa impresa en la cara. Y por alguna razón inició una conversación conmigo, aunque con nadie hablaba en el establecimiento, a excepción que fueran agresiones e improperios. Su nombre era John.

Al preguntar por qué untaba de sus propios excrementos el candado de la celda y por qué se los arrojaba a los guardianes, me dijo: “doctora, así nos defendemos de la policía en la calle, ellos no temen a las armas porque tienen fierros mejores que los nuestros, pero con la mierda, corren los condenados”.

John nació en lo que se conocía como ‘El cartucho’. Su mamá era adicta y lo abandonó a los tres años de edad, en sus palabras: “me alimenté como un perro callejero, me quedaba donde encontrara comida y abrigo. Desde los tres años aprendí a buscar refugio con los recicladores, los habitantes de calle, en los ‘basuquiaderos’, donde las putas, ahí donde me sintiera a salvo por un momento me resguardaba”. No miento, escuchar eso me arrugó el corazón.

A los cinco años ya era ‘campanero’ de robos. Es decir, advertía si venía la policía o seguridad privada; llevaba drogas de un lado al otro, porque en los niños siempre se confía. Para pasar el frio de la noche comenzó a fumar basuco a los ocho años y lo violaron a esa misma edad. Su comportamiento cada vez era más tosco, en aras de sobrevivir, se convirtió en ladrón, micro traficante y le pagaron muy bien por un asesinato. Así que, por dinero, no solo fue un asesinato, si no que era el mejor matando en su entorno, lo decía con orgullo, era su gancho con las mujeres, el malo más malo de todos.

Me despedí de él con una sonrisa de satisfacción, porque por primera vez él había confiado en alguien en la cárcel y continué mi visita al establecimiento.

A la tarde, de ese mismo día, al entrar a sanidad que está ubicada en un segundo piso, donde están los consultorios médicos y odontológicos hubo un escándalo de aquellos que hacen que el corazón salte de manera estrepitosa. John había pedido que lo trasladaran por un dolor muy fuerte en el abdomen, había tomado como rehén a una mujer, sorprendiéndola por la espalda y la amenazaba con la jeringa que contenía el analgésico que le iban a aplicar a él. Mantenía su mano cerca del cuello de la rehén. Una escena dantesca. Intervine, aprovechando que solo hablaba conmigo. Eso facilitó que los guardianes pudieran llegar por detrás y liberar a la enfermera. Cuando estaba esposado de manos y pies, me dijo: “usted era la que debía estar aquí, usted hubiera sido mi salida”.

Su paso por la cárcel fue muy corto. A las dos semanas de haber sido trasladado al patio fue acribillado en un baño, murió desangrado por múltiples puñaladas. Nadie reclamó su cadáver en Medicina Legal, nadie lo lloró. Un hijo de nadie, un hijo de la calle, un niño víctima de una sociedad indolente y convertido en victimario. Uno de tantos, y uno menos. En nuestras comunas, los niños de ocho y nueve años asesinan a los líderes de las pandillas que no pasan de los 25 años. Su promedio de vida es corto, triste, solitario.