Por: Nelson Castillo Pérez

El poder político, del que he oído hablar, no puede ser otra cosa que la extensión del ego. Un instrumento terrenal codiciado al que algunos aspiran para aproximarse al Hacedor.

En las democracias, la imposición de la voluntad del poderoso es limitado, menos mal, por el control y la observancia de los otros poderes públicos. Frente a esto, los más sedientos del poder absoluto se convierten en dictadores. No para divinizarse ni con el fin de salvar el destino de la humanidad, sino, en algunos casos, para desatar sus aberraciones.

Es una fortuna para los habitantes del Caribe colombiano, que somos desabrochados y no tan alegres como se predica, que no hayamos experimentado la dura experiencia de una dictadura militar. Por lo menos, en el caso particular, cuando mi generación salió a la superficie de la realidad de los adultos, el dictador colombiano Gustavo Rojas Pinilla, cuyo gobierno construyó puentes metálicos que aún perviven, ya había renunciado al poder. Aún no se comprende cómo los jacarandosos dominicanos se aguantaron tanto tiempo al Chivo Trujillo, perverso y lujurioso como él mismo, temible aun después de muerto.

En épocas prelectorales se presiente el sigilo de sombras y el claro movimiento de los que buscan el poder. Se barajan coaliciones y se exponen a la luz pública los remedios más eficaces contra el sufrimiento y la pobreza. Qué mal le pagan algunos al raso pueblo que les da la oportunidad de aproximarse a Dios, de tener el privilegio de transformar la realidad del entorno al tenor de sus sueños.

Si el objetivo de todos los aspirantes a ocupar cargos públicos, a la Presidencia de la República, por ejemplo, fuera alcanzar el bienestar de sus coetáneos, combatir la corrupción, implementar la justicia y la equidad, bastaría con una mesa redonda para llegar a unos acuerdos razonables y escoger democráticamente, en el cumplimiento de un sentido práctico, a un representante, previa deliberación en plenaria, quien seguramente sería a la postre el primer mandatario electo, asistido por un comité de ilustres asesores, desvividos por el desarrollo de la sociedad. De esa manera se ahorraría dinero, se evitaría la entrada en las campañas de recursos económicos de mala procedencia y otros dolores de cabeza.

La tentativa de la anterior propuesta se ha debido de dar en el plano de la realidad, no es mera utopía de un iluso, pero, por supuesto, con el consiguiente fracaso estruendoso, típico de las coaliciones: las costuras de la unidad ceden al fin y al cabo a la presión incontenible del ego, a la voracidad del apetito burocrático de las diferentes fuerzas que la integran.

Si todo el mundo fuera así tan ingenuo, el mundo sería feliz, sin malicias. La ingenuidad a la larga consiste en creer que los demás son tan buenos y honestos como nosotros.