Por: Nelson Castillo Pérez

La psicología moderna ha demostrado que el habitus que se construye en la esquina está por encima del que se fomenta en el seno de la familia y en la escuela. El habitus, en el universo teórico de Bourdieu, son prácticas culturales de la infancia que luego gobiernan la conducta del adulto. El alma se fundamenta en la cultura, en los conceptos, en las convicciones. Los sentimientos se elaboran a partir de lo que se cree, como sentía el pueblo alemán en tiempos de Hitler: matar a judíos era lícito, conveniente, porque así lo creían de veras.

 

 
La sociedad constituye un instrumentos eficaz para medir la calidad de la educación de un país, por encima de las pruebas estatales, que solo detectan niveles de información más no conocimientos ni formas de ser. La sociedad actúa como la gran aula donde se define el comportamiento de las nuevas generaciones. Existe una interacción entre sociedad y educación. Pero en Colombia el sistema educativo fracasa estruendosamente porque es ineficaz frente a una sociedad perturbada. La educación aquí es como un río que no puede diluirse en el turbulento mar de la sociedad.

 

 
La formación ciudadana, que no depende de manera exclusiva del sistema educativo, sino de todas las instituciones del Estado, de las prácticas culturales, incluyendo los medios privados de difusión, se ve afectada por los malos ejemplos de los miembros más visibles de la sociedad, algunos de ellos de mala laya. Los malos ciudadanos no se cocinan en el magisterio sino en el caldo de la sociedad. Los pobres padres de familia hacen lo que pueden para proteger a sus hijos de las oleadas de mala educación que vienen de la sociedad. La sociedad corrompe, dijo Rousseau El sistema educativo desarrolla planes de estudio a espaldas de la realidad y no aplica, como los griegos, un tipo de educación para un tipo de sociedad determinada.

 

 
No deberían revelar más indecencias de un exprocurador cuyos actos administrativos no estuvieron fundamentados en la sapiencia de la juridicidad, sino en la hiel de sus pasiones. Tanto así, que algunos han sido anulados por organismos de la justicia y condenados por instituciones internacionales de Derechos Humanos. Basta. Este señor, en el colmo de la insensatez, no solo quemó libros, como en los tiempos medievales, y utilizó el cargo para descargar odios ancestrales y potencializar ambiciosos propósitos, sino que archivó investigaciones serias para favorecer a copartidarios. Hizo todo lo que un hombre decente no debe hacer.

 

 
Un adulto formado asimila malas noticias. Pero un adolescente se confunde cuando descubre que una jueza de la república absuelve a sindicados de un crimen tan solo por pertenecer a estratos altos. Sus principios en ciernes se desmoronan al saber que un exsenador compró tierras baratas a campesinos bajo amenazas, como el montuno de Chepe Montiel y el rechoncho don Sabas en el universo literario de García Márquez, cuyo referente fue siempre la realidad. Los malos ejemplos son al mismo tiempo buenos: nos enseñan de cómo no deben ser las cosas. Es el consuelo.