Por: Nelson Castillo Pérez

En la democracia no sólo es relevante la mayoría. Frente a esta, existe una minoría que en muchos casos tiene la razón y que es digna de tener en cuenta cuando de gobernar se trata. En Grecia no votaban ni los esclavos ni las mujeres. Los primeros carecían de libertad, estaban impedidos para reflexionar y expresar sus opiniones en los debates, pues la verdadera libertad se encuentra en el pensamiento y no en el desplazamiento espacial. Las mujeres ocupaban tiernamente el tiempo en la crianza de sus hijos mientras los hombres salían a trabajar o a pelear en la guerra, en aquellos tiempos cuando el machismo consistía en proteger a las mujeres, como de hecho aún sucede, aunque Florence Thomas piense lo contrario.

La democracia, a pesar de que se insista en que no, debería consistir en el triunfo de la razón y no en el bullicio de las mayorías. Lo que en realidad debería tener validez en este sistema de gobierno es lo cualitativo y no lo cuantitativo.

Los ocho millones de votos a favor del candidato Petro tienen una gran significación en el destino de Colombia. Fueron votos de la ciudadanía libre, aquella que no tuvo ninguna restricción y votó por lo que para ella fue la mejor propuesta, lo que más le podría convenir a Colombia. Escoger la mejor opción, lo que más conviene honestamente al país, fue un acto ético.

En Colombia, dadas las circunstancias, estamos en mora de revisar los mecanismos de la implementación de la democracia. Sería un proceso dispendioso en un país donde ni siquiera las autoridades electorales son capaces de atender solicitudes sensatas, como es la revisión del software de la Registraduría. Es hora de construir mecanismos pertinentes en el proceso de las elecciones que nos permitan darle la victoria a la sensatez y no a la suma de intereses personales ni a la terca y estólida miopía ante la realidad de los hechos. Colombia no es solo uno de los países más desiguales del mundo, sino el más atrasado de Latinoamérica en asuntos políticos. Mientras sus países vecinos se sacudieron, para bien o para mal, del lastre de las oligarquías, Colombia apenas empieza ese proceso con el surgimiento de Gustavo Petro en el plano de la oposición.

La neutralidad es monstruosa; la tibieza, repulsiva, como lo expresó, indignado, Jesús en el Nuevo Testamento. Lo malo no es tomar partido, sino tomarlo a tientas, guiado por la mano sonámbula de la ignorancia. La democracia en sus orígenes no fue cuestión de simpatía. Esta sucede en el plano de la apariencia. La democracia, desde un principio, fue el producto de la deliberación y el análisis, se inscribe en la inteligencia. Por eso Aristóteles escribió un libro llamado Retórica, cuyo objetivo es enseñar la estructura del discurso. Lo importante en el Ágora era demostrar la verdad a través de la razón, de los argumentos. El universo de la verdad son los principios, es decir, la justicia, la virtud, la razón.

En Colombia los gobiernos son elegidos en gran medida por los que venden el voto, por quienes sufragan movidos por sus intereses particulares y les dan crédito a las calumnias y las mentiras. Hasta por quienes votan estimulados por la simpatía, lo cual constituye una irresponsabilidad. Son ellos los que deciden, los que conforman la mayoría.

La mayoría absoluta es la mitad más uno, de acuerdo. Aunque en Estados Unidos las cosas no funcionan así. Hillary Clinton obtuvo una mayor votación popular que Trump. Por una reglamentación especial del sistema democrático de este país, Trump es hoy presidente. ¿Qué tal si en Colombia también se reglamentara el sistema democrático? ¿Qué tal si se llevara a cabo un mecanismo de filtración donde los potenciales votantes analizaran de veras las propuestas de los candidatos y decidieran sus preferencias a conciencia? En ese sistema quedarían excluidos de plano los que venden el voto. El pábulo que nutre las elecciones en Colombia es el desconocimiento y la mentira.