Por: Víctor Negrete Barrera

Jesusito Palomino es un hombre del municipio de Ayapel. Tiene cuarenta y dos años y está convencido de que no ha hecho lo que quiere hacer: estar con una mujer que le guste de verdad. Ha visto y le han gustado muchas, pero no ha logrado conquistar el corazón de ninguna de ellas. Por esta razón, se considera un hombre desdichado, un frustrado más.

Cuando llegó a la conclusión de que no podía conseguirla por los medios normales de enamoramiento no vaciló en usar otros menos conocidos y un tanto extraños, según el decir de ciertas personas. Lo primero que hizo fue viajar a Gabaldá, un pueblito del departamento de Sucre, pegado a Ayapel, que tiene el nombre del misionero español que anduvo por la zona. Allí, según le contaron, muchas de las mujeres son fáciles, no andan con tantos remilgos para hacer el amor con quien se los pida. Lo único que debía hacer era esperar que el marido saliera de la casa a sus faenas laborales y lograr meterse con las precauciones del caso.

Un día con todo y noche le tocó esperar, puesto que algunos hombres prefieren quedarse en casa cuidando a sus mujeres. A las seis de la mañana vio cuando salió uno y de inmediato logró entrar, con tan mala suerte que no era el tipo de mujer que estaba buscando. Luego supo, por conversaciones con amigos, de la existencia de los niños en cruz, esas pequeñas laminillas que introducen en el cuerpo para obtener algunas capacidades fuera de lo normal, no tan difíciles de conseguir por los lados de la cuenca del río Sinú. Recorrió varios pueblos sin encontrar quien los proporcionara. Regresó decepcionado porque sabía que con los niños en cruz podía conseguir las mujeres que deseara.

Los amigos, preocupados por su suerte, comenzaron a indagar otras maneras de ayudarle. Hasta que un día le llevaron la noticia de la aguja del muerto. El amigo le explicó todo: tenemos que buscar una persona que esté muriéndose, ojalá amigo de alguno de nosotros para que la cosa sea más fácil, sin despertar sospechas. Una vez la tengamos vista, consigues una aguja de coser común y corriente, te la llevas y llegamos donde está el moribundo.

Te debes colocar al lado de los pies desnudos del que esté en las últimas. Cuando veas que está para expirar le entierras la aguja en uno de los talones. Él tiene que reaccionar al pinchazo, pero haga lo que haga, te mirará con los ojos desorbitados y con mucho dolor y tristeza te preguntará asombrado ¿para qué la quieres?, entonces tú le dices ¡Para conseguir mujeres! Y de inmediato sacas la aguja. 

Casi al instante debe morir porque el escogido debe estar en los momentos finales que le quedan de vida. No sólo sirve para conseguir mujeres, puedes pedirlo para pelear, caminar, tener dinero y otras cosas. No más lo conceden para una sola. Tú dirás para qué te va a servir. Después de que la hayas sacado debes envolverla en algodón o en un trapito y mantenerla contigo. Cuando veas la mujer que te guste y quieras hacerla tuya, saca la aguja y simula en el aire como si estuvieras cosiendo. Procura que ella te mire. Apenas tengas la seguridad de que te miró y reparó un poco en ti, deja de coser y guárdala de nuevo. Ella, enseguida, o luego, te buscará.

Jesusito escuchó todo con atención y al final preguntó ¿Dónde conseguiremos un moribundo?. El viejo Mingo está muriéndose de viejo, dijo uno de los amigos. 

¡Qué esperamos, vamos para allá!