Acompañados de cantos religiosos, seis ataúdes abiertos son transportados en procesión alrededor de la iglesia y el cementerio de Nieves. ¿A quiénes entierran? A nadie. Sus ocupantes, vivos, lanzan un desafío a la muerte, en una de las tradiciones más insólitas en España.

Cinco penitentes de esta población de 4 mil habitantes en Galicia, noroeste de España, son transportados en ataúdes para agradecer a Santa Marta el haber salvado a un ser querido o para pedirle que lo haga.

La sexta, María Rodríguez, pasó tres cuartos de hora acostada en un ataúd para agradecer a la santa haber salvado a su perro con cáncer.

Algunos llevan el rostro oculto por un abanico o un sombrero, para protegerse de las cámara y del inclemente calor.

Según un libro sobre el desfile editado localmente, la procesión de los ataúdes podría remontarse a las Cruzadas medievales.

Los nobles partidos en combate habrían descubierto en La Provenza francesa el culto a Santa Marta, que según la tradición cristiana vio resucitar a su hermano Lázaro tras pedir a Jesús. A su regreso a Galicia, le habrían agradecido a la santa el haberles salvado la vida, ocupando sus propios ataúdes, felices de usarlos en vida.