Chimá, un municipio de Córdoba, situado a orillas de la Ciénaga Grande del Bajo Sinú, vivió su época dorada a finales del siglo XIX, cuando el río Sinú iba orillando el pueblo. Allí atracaban las grandes barquetonas llenas de familias que para sus fiestas patronales, días de semana santa y celebración de la navidad y el año nuevo, llegaban procedentes de Cartagena.

Los chimaleros se daban el lujo de contar con numerosos almacenes y lujosas residencias hasta de dos plantas para alojar a los visitantes. Con el correr de los años, como consecuencia del cambio de cauce del río, todo fue desapareciendo hasta el punto de que hoy Chimá es una de las localidades más pobres del departamento de Córdoba, en donde sus habitantes viven en precarias condiciones dedicados en su gran mayoría a la pesca de “Cheritas” (pequeños bocachicos) y a la atención de algunas parcelas en donde cultivan plátano, yuca y arroz.

La fama que aún conserva el municipio se le debe a Domingo Vidal, más conocido como el Santo de Chimá. Este mítico personaje, venerado por los habitantes de la región bajosinuana y de otros lugares del país, nació el 19 de julio de 1841 y era hijo de Gaspar Villadiego y Rafaela Vidal, de quien tomó el apellido. A los 7 años fue víctima de una extraña enfermedad que lo inutilizó de por vida. Domingo era de baja estatura, delgado, mestizo, con rasgos indígenas. Nadie sabe cómo aprendió a leer y a escribir, convirtiéndose en un experto en matemáticas. Desde el lecho en donde permanecía, dictaba clases a numerosos niños del entorno. Era también pintor y escultor. Muchos de sus cuadros aún se conservan. Un pedazo de madera le servía de almohada y una tabla de cedro, colocada sobre el pecho era utilizada como tablero y mesa.

Domingo Vidal con miradas y oraciones hacía milagrosas curaciones. Nos cuenta Emigdio Pérez que él oyó de su abuelo que cuando había un enfermo en el pueblo era llevado hasta el lecho del santo quien al tocar cualquier parte del enfermo este quedaba curado al instante.

Amanecía el sábado de gloria del año 1898. En todas las viviendas del pueblo las familias se ocupaban en los preparativos de los tradicionales sancochos con los cuales se “rompía” la tradicional olla de semana santa, luego de las vigilias de jueves y viernes santos. En medio de las actividades, se aparece en la plaza el negro Blas gritando: “corran, corran que se murió Domingo Vidal”. La noticia se extendió por todo el pueblo. Las gentes corrían dando aviso a los vecinos y encaminándose hacia la casa del “Santo de Chimá”.

Su cadáver permaneció en su lecho durante 3 días sin que se descompusieran sus carnes; todos los habitantes de Chimá concurrieron al sepelio hasta el cementerio en donde fue sepultado. Años después fue trasladado hasta junto a la iglesia. Después fueron enterrados en una caseta construida en la plaza de Chimá. También estuvieron sus restos en la residencia de un señor de apellido Oliveros. Finalmente descansaron en el sitio en donde hoy se encuentran.

El día que fueron exhumados los restos de Domingo Vidal se presentó un lamentable hecho que por poco ocasiona una grave tragedia en el pueblo. Sucedió lo siguiente: Al ser destapado el ataúd se encontró que el cadáver estaba intacto. Un desfile interminable de testigos constataron el sorprendente hecho. La noticia llegó hasta la población de Lorica en donde el párroco, sacerdote Lácides Bersal Rossi, lleno de indignación se desplazó inmediatamente hasta Chimá, armado con un martillo y una hachuela con los cuales despedazó los restos de Domingo Vidal, lo que provocó la protesta de todo el pueblo. Protegido por algunas personas, el iracundo sacerdote, regresó a su parroquia.

A Chimá todos los años llegan peregrinos de diferentes lugares del país y hasta de Venezuela con el objeto de visitar la casa de Domingo, convertida en un santuario.

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