Por: ANTONIO SÁNCHEZ CHARRY

Desde que se iniciaba el mes de octubre la modista Alicia Nieves Pico comenzaba a confeccionar diferentes disfraces para la celebración de las festividades novembrinas, que con toda pompa se realizaban en Montería, como también en Cereté, Ciénaga de Oro, Lorica y Sahagún.

El empresario del transporte, Eleuterio de la Cruz, se encargaba de remitir desde Cartagena, en los buses que cumplían la ruta a Montería, buscapiés, tiros seguros, carpetas y demás artefactos explosivos con los cuales se complementaba la fiesta.

De Cartagena, Sincelejo y Magangué llegaban las orquestas que amenizaban las noches de baile en el Club Montería, y en las Casetas “Variedades”, Club “Ghisays” y teatros “Nain” y “Montería”. De San Pelayo y Cereté, las bandas de músicos encargadas de los fandangos en diferentes sectores, principalmente en la plaza del barrio Colón, en esa época este sector era el más rumbero de la ciudad.

Siguiendo la tradición cartagenera, el alcalde de turno daba lectura al bando por medio del cual se autorizaban las fiestas durante cuatro días. Las oficinas públicas cerraban sus despachos. En algunas ocasiones se dictaba un Decreto adicional autorizando la “prorroga” de los festejos, que consistía en tres días más de fiestas que se cumplían la semana siguiente a los festejos oficiales.

En todos los rincones de Montería sólo se escuchaban los porros “Pié Pelúo”, “Baila Simón”, “Montería”, “El Buscapié”, “Carmen de Bolívar”, “La Vaca Vieja”, “El Culebro”, “La Varita de Caña”, “La Múcura”, “Cariseca”, “El Sapo” y “Compadrito”. El Club Montería anunciaba la presentación de las orquestas “Emisora Fuentes”, la “A No. 1”, dirigida por el “lorano”, José Planeta Pitalúa, “Los Diablos del Ritmo”, del maestro Pello Torres, la orquesta “Melodía”, de Cartagena; y en las casetas las agrupaciones del “Ñato” Montes, de Sincelejo y la orquesta “Juvenil”, del maestro Antolín Lenes, con su cantante estrella Lucy González, así como famosas bandas regionales.

Doña Rebequita Lora de Berrocal revisaba los diferentes disfraces que luciría en los bailes del Club Montería su esposo Don Jerónimo el más entusiasta animador de estas festividades. Todos los años don Jero, Don Lorenzo Hogde y Don Andrés Guerra Dickson eran los ganadores de los galardones a los mejores disfraces y comparsas.

En los almacenes se exhibían capuchones, máscaras, antifaces etc. La mayoría traídos de Cartagena. Había lujosos atuendos carnavaleros de múltiples colores. El entusiasmo de los monterianos crecía a medida que se acercaba el día del “bando”. Algunos veteranos aseguraban que las festividades novembrinas tenían un atractivo mayor a las corralejas del 20 de enero por cuanto estas últimas se centralizaban en un solo lugar, mientras que las primeras se extendían por todos los barrios de la ciudad.

Por su parte don Nando Torres Gambín, tío del ex parlamentario Ricardo Pretelt Torres, organizaba los bailes populares en el salón variedades, en la avenida primera con calle 33 y 34, que también servía de sala cine y coliseo de boxeo, y en los cuales su sobrino Abelito Pretelt Torres era el eterno ganador en la rueda del fandango que allí se armaba al caer la madrugada. Los porteros eran Numita Rodríguez y el “gordo” polo, que no dejaban pasar ni a su propia familia.

En el club Montería la fiesta era con licores importados en especial el whisky sello Negro. En los bailaderos populares y en las plaza de los fandangos se consumía “Ron Blanco”, “Tapa e Tuza”, o “Gordo Lobo”, o “Pecho Amarillo”, o “Tornillo”. Algunos de estos llegaban procedente de la Industria Licorera de Bolívar. No se conocía ni “El Medallo”, ni tampoco el aguardiente antioqueño. Había bebedores que se inclinaban por los anices “naranja”, “coco” o “seco”, también de Bolívar. 

Cereté se unía al jolgorio novembrino y el escenario era el teatro Fenix en donde se realizaban los bailes que eran amenizados por la orquesta de Miguel Villadiego. Igualmente en Lorica la fiesta novembrina era por lo alto. Tanto en el Club Lorica, el más antiguo de los centros sociales del Sinú, como en casetas y por las calles y plazas. Los loriqueros se entregaban con alma y vida a celebrar la independencia de Cartagena, hasta que por el mal comportamiento de un grupo de gamberros, que convirtieron los festejos en incontrolables y vulgares desórdenes motivó la suspensión definitiva de estas celebraciones. Aún quedan por allí pequeños grupos que se embadurnan de negro y provistos de largos garabatos, salen por las calles en busca de contribuciones que les permitan continuar la parranda novembrina.