Por: Nelson Castillo Pérez

El origen de las religiones se encuentra en el misterio de la muerte. En el miedo de no saber qué hay después de ella. Morirse es injusto, pero necesario. El esfuerzo que los humanos deberíamos hacer al respecto es alcanzar una forma de morir digna, natural, y nada más. La muerte es inevitable. Y poco ha hecho la humanidad a lo largo de la historia en la labor de comprenderla y darle la verdadera dimensión que se merece, verla a luz de la ciencia y no a través de la oscuridad tenebrosa de la superstición.

Rodolfo Llinás, un médico neurofisiólogo colombiano de renombre mundial, dijo que no sabía por qué los seres humanos, que no son los únicos en el reino animal que tienen conciencia de la muerte, temen tanto morirse a sabiendas de que todas las noches, durante el sueño, desde el punto de vista cerebral, se mueren. La muerte es como el sueño, que es como poéticamente siempre la había imaginado. «Morir: dormir, nada más», dijo Hamlet, el famoso personaje de Shakespeare. Es por eso que yo amo tanto el despertar de cada mañana, porque es como una resurrección.

Despertar cada mañana constituye para mí todo un ritual. Procuro hacerlo en el crepúsculo del amanecer, en la alborada, ese estado del tiempo que en realidad pocos disfrutan, porque a esa hora la mayor parte de la humanidad duerme a pierna suelta.

El amanecer es una sensación. Primero, un lento resurgir desde el fondo de las sombras. El que suele despertar en el amanecer ha aprendido a distinguir esa atmósfera gaseosa que gravita en la órbita del cuarto, mezcla de las sombras de la noche anterior con la luz nueva del nuevo día. Se trata de una luz harinosa, lechosa, embrionaria, que empieza de manera paulatina a delinear las formas de las cosas. El madrugador sabe que, al despertar en el amanecer, se renace.

Todo depende de la noche anterior. Si a la hora de acostarnos ya hemos sabido controlar los recuerdos que nos aquejan, el sueño, la muerte de cada noche, transcurrirá en un estado de placidez. Despejar el aguijón de los problemas que nos agobian es despejar al mismo tiempo la línea del horizonte, consolidar los planes que hemos trazado. El estado del tiempo que más se parece al porvenir es, sin duda, el amanecer.

Ya frente a la ventana, después que hemos rodado la cortina para que entre como una canción la luz del nuevo día, no falta el pocillo del café humeante extendido por la mano solícita del cariño.

Mientras saboreamos a sorbos lentos el aroma del café, contemplamos el celaje del cielo, una silenciosa y sutil combinación de colores trazados por la mano maestra del gran e inimaginable pintor del universo, la aurora, el rosicler, como se decía en los tiempos de mi trabajadora madre.

Despertar en cada amanecer es como resucitar. Lo más importante que debemos hacer los humanos, antes de empecinarnos en luchar contra el viejo y envejecedor río del tiempo, es actuar con sensatez durante el día para alcanzar un sueño reparador, una muerte reconfortante, sin remordimientos, y ganar, como merecido premio, una espléndida resurrección en el amanecer. Resucitar con la conciencia tranquila en el amanecer es mi verdadera religión. Me consagro a ese instante de la vida.