Cuando el profesor es la víctima de matoneo

De repente se forma un tumulto en medio del recreo. Ahí está Manuel, de 12 años, tirado en el suelo, lanzando patadas a dos profesores que tratan de inmovilizarle. Finalmente, tras forcejear durante varios minutos, se lo llevan escoltado a la rectoría.

 

Lo de Manuel sucedió hace una década. En ese momento era un caso aislado porque los niños tenían una noción férrea sobre el respeto a los maestros. A él lo expulsaron del colegio por mal comportamiento, y sus padres no cuestionaron la decisión.

 

Hoy en día, cada institución educativa cuenta con su propio Manuel. Solo hace falta acudir a internet, escribir “alumno golpea a profesor” y la lista de vídeos que devuelve el buscador no termina. Sobra decir que las redes sociales han ayudado a naturalizar esta situación de constante agresión en el ámbito educativo.

 

Que la docencia es uno de los trabajos más desagradecidos del mundo es una frase recurrente en el discurso de los profesores. No solo cobran mal —en el caso de los colegios del sector oficial, por ejemplo, el salario no supera de promedio el 1.500.000 pesos mensuales—, sino que tienen que afrontar en muchas ocasiones las agresiones y amenazas de estudiantes y, lo que es más preocupante, que la institución a la que representan cuestione su labor.

 

La creencia popular es que estos contextos de violencia solo se materializan en los niveles educativos más bajos. La realidad es que suceden independiente del estrato, del establecimiento; incluso de si este es oficial o privado.

 

Liliana Ladino, exdocente de Nutrición de la Clínica Pediátrica de la Universidad Pontifica Javeriana, recibió en mayo de 2013 una llamada anónima en la que se le advirtió que “pasara a todos los alumnos en este semestre. En caso contrario —prosigue la conversación a la que Semana Educación tuvo acceso—, la vamos a matar. Le estamos advirtiendo. Tenemos ubicada a toda su familia”.

 

En la denuncia que remitió a la Fiscalía, Ladino anexa una certificación médica en la que expone cómo, debido a esta situación, “padece un trastorno de estrés agudo con episodio de pánico y se encuentra en tratamiento psiquiátrico”. En junio, la universidad le hizo llegar su carta de despido sin “causa justa”. Tras su expulsión, todos los estudiantes que atendían su clase superaron el semestre. Para la profesora, esta posición del consejo académico mandó un mensaje claro: “Que los actos de coacción de los estudiantes sobre los profesores cumplen con su cometido”.

 

De acuerdo con una investigación del Centro de Estudio y Análisis en Convivencia y Seguridad Ciudadana (Ceacsc), en 2012, 146 profesores presentaron solicitudes de traslado. ¿El motivo? Temían por su vida. El 66 % de los denunciantes fueron mujeres.

 

Otro dato que arrojó el estudio es que el 35 % de las amenazas que reciben los docentes se hacen bajo la protección que da el anonimato. Del total de intimidaciones reportadas, el 25 % provenían de los alumnos.

 

El cambio en la relación entre maestro y estudiante ha dado un giro de 180 grados en los últimos años, como lo indicó Obdulio Velásquez, rector desde hace diez años de la Universidad de La Sabana y docente desde hace 25. “Uno de los problemas es el cuestionamiento de la autoridad, de las reglas, de lo establecido. Los estudiantes piden aplazamiento de exámenes, de tareas, y las metas empiezan a negociarse. Ahora todo es negociable”.

 

Preocupante también es la actitud de muchos progenitores, asegura, que avalan la conducta inapropiada y violenta de sus hijos. “Los padres de familia entran en una dinámica de presionar a las instituciones. Piden que se ayude al estudiante a pasar el año, amenazan con cambiarle de centro o se vienen a discutir con abogados sobre temas disciplinarios o de notas”.

 

En el caso de los estudiantes consultados por esta publicación, la mayoría justifica su comportamiento instigador con frases como “es que el profesor me hacía bullying”, “eran ellos los que me la tenían montada” o, incluso, “peleaba mucho con los profesores reclamando mis derechos, lo que consideraba justo”.  Otros ni siquiera se escudan: tratan el hecho como algo propio de la edad o ligado a la rebeldía que se les presupone a los niños. “Sí, yo era un poco explosivo con mis profesores”, explica uno de ellos después de relatar que a uno de sus maestros de primaria le tiró una silla a la cabeza.

 

De cualquier manera, cada vez son más los docentes que se aquejan de problemas de salud mental a causa del estrés que les genera su trabajo y la relación con sus alumnos. La Asociación Distrital de Educadores, que agrupa en la capital a los profesores sindicalizados, concluyó que entre julio y diciembre de 2014 se registraron 5.096 consultas para medicina laboral, la mayoría por causas de ansiedad y depresión.

 

Vía: Semana

 

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