El boxeador Jerónimo Tribiño, El Caimán del Sinú

Por: Víctor Negrete Barrera

Ese medio día de agosto en Palmar de Varela, un pueblito cercano a Barranquilla, estaba tomando sopa y hablando con varias personas. De pronto, cuando llevaba otra cucharada a la boca, quedó inmóvil por un instante, se levantó con brusquedad y cayó al piso agarrándose con fuerza el vientre. No quería que esa mano invisible le deshilachara las entrañas ni mucho menos que le sacaran la vida por la boca en forma de ese espumarajo agrio y maluco. Después de grandes esfuerzos las convulsiones se aplacaron y las manos como garfios se aflojaron. Varios creyeron que empezaba a reponerse pero mentiras, estaba
preparándose para morir.


Posiblemente en ese momento su padre estaba encaramado en el campanario de la catedral de Montería, dándole cuerda al reloj público para que siguiera contando las horas de la vida. De esto hace 30 años. Su nombre era Jerónimo Tribiño Casarrubia, más conocido con el nombre de El Caimán del Sinú. Tenía apenas 39 años. Había nacido en un rancho de techo pajizo situado en la calle 27 con carrera 10. Sus padres fueron Justo Tribiño y Evarista Casarrubia, gente de puro pueblo. Jerónimo, en su último momentico, debió acordarse de Montería, cuando correteaba detrás de los grillos para matarlos con varitas delgadas y flexibles del árbol de totumo.


Eran años de injusticias ocasionadas por empresarios y terratenientes criollos, norteamericanos, franceses e italianos que abusaron de su poder a través de la matrícula. Un invento de los poseedores de esclavos en desacuerdo con la desaparición de la esclavitud. Era una especie de peonazgo por deudas que existió durante años en los pueblos ribereños del río Sinú. Perseguían y castigaban a las y los matriculados rebeldes, a los opositores de la matrícula. A Juana Julia Guzmán y Vicente Adamo, directivos de las organizaciones obreras, artesanos y otros labriegos los hostigaron y encarcelaron por defender los baldíos del terreno llamado Lomagrande, cercano a Montería. Todos estos hechos los guardó en su conciencia y
con esa carga encima picó los cabos en el año mil novecientos veintiocho para recorrer el mundo.

Nadie daba razón de él. Años después, gracias a la prensa que llegaba de Cartagena y Barranquilla, la gente pudo enterarse que Jerónimo era boxeador. De ahí en adelante la prensa siguió informando de sus triunfos en Venezuela, Cuba, Puerto Rico, Ecuador y Perú.


Así pasó el tiempo hasta cuando un buen día del año 1938 lo vieron de nuevo en Montería. Ese día hubo una gran algarabía: poca gente había visto a un hombre de 220 libras de peso, más de 1.85 metros de estatura, cabeza chiquita con una nariz chata y un caminado de boga en mar embravecido. No era para menos. En su alimentación ordinaria consumía tres libras de “pellejito salado de carne de res” en cada arrimada a la mesa. Algunos aseguraban que sus pasos los oían con nitidez a 150 metros de distancia.


Apenas llegó le interesó la suerte de los asalariados. Comenzó a frecuentar los sindicatos y hablar de organización mientras, para ganarse la vida, fabricaba guantes de boxeo, remendaba planchones y capotes de coches jalados por caballos y fabricaba anafes rudimentarios. Colaboró de lleno con el Sindicato de Navegantes y Braceros de Montería, a la sazón un gremio explotado por patrones y empresas de navegación.

El rio Sinú era el único medio de comunicación de todos estos pueblos con Cartagena, Barranquilla y el mundo. Eran numerosas las lanchas, barquetonas y motoveleros que atracaban en los distintos puertos del alto, medio y bajo Sinú. Por algo construyeron en 1935 las actuales murallas o albarradas. La labor educativa y organizativa de Jerónimo bien pronto dio sus frutos. A partir del año 1941 presentaron pliegos de peticiones. La disposición y disciplina del sindicato hicieron de esta lucha la primera victoria de envergadura.

Todos sus miembros, cerca de 70, entusiasmados volcaron su aliento y apoyo a las otras organizaciones. El ejemplo bajó rápidamente y llegó a los sindicatos de Cereté, Carrillo, Lorica y San Bernardo del Viento. Al año siguiente el pliego de peticiones cobijaba estos sindicatos y Jerónimo llegó a ser su presidente. No contento con esto, fundó la Sociedad de Gremios Unidos de Montería, conformada, además del Sindicato de Navegantes y Braceros por la Liga Sindical de Campesinos y Trabajadores de Santa Isabel y el
Sindicato Liga de Trabajadores de Cereté.

Todo este ejemplo y disposición ayudó en una u otra manera a conformar sindicatos de acarreadores y conductores de carreteras, de la construcción, de choferes, de adoberos, de ebanistas, de empleados de oficios varios, de panaderos y otros de artesanos. Fue esta una década brillante del sindicalismo de Montería. A tal punto que para el año 1948 conformaron el Comité de Directivas de los Sindicatos de Montería con más de 10 afiliados. Su primer secretario fue Aniceto Pico. A Jerónimo le tocó representarlo en muchas ocasiones en conferencias y congresos nacionales. Su firma aparece en comunicados de la Federación Nacional de Transporte, de la Federación de Trabajadores de Bolívar y otros por el estilo.

Era un arduo y decidido luchador por la democracia, la libertad y el bienestar de los pueblos. Sus ideas políticas eran precisas y las comunicaba con claridad sorprendente. Los que lo conocieron guardan un profundo respeto por sus ideas y una extraordinaria admiración por su personalidad.

Cuando llegó el año 1940 el río empezó a ser desplazado como medio de comunicación por camiones y aviones. Hubo una gran crisis de empleo. Los sindicatos de navegantes y braceros tambalearon pero no llegaron a caer del todo. La situación económica apretó demasiado y Jerónimo decidió irse para Barranquilla. Allá consiguió montar una pequeña talabartería cerca a la iglesia San Roque. Su trabajo sindical y político continuó sin tregua.


En estas se encontraba cuando acabaron con él. Las investigaciones para esclarecer su muerte nunca las adelantaron. Las autoridades guardaron un silencio sospechoso. Muchos son los que aseguran que lo mataron por sus ideas.


A pesar de las dificultades el Sindicato de Navegantes y Braceros logró sobreaguar hasta finales de la década de los años 60. Después vino el silencio, luego el recuerdo. Muy pocos sobrevivientes de estos oficios hicieron parte después de los grupos de coteros o estibadores terrestres, llamados así por ellos mismos.

El Puerto de atraque construido sobre la antigua albarrada de la Avenida primera., entre calles 34 y 36, en el lugar más profundo del río, donde atracaban los barcos y lanchas. Foto Justo Manuel Tribiño, MONTERÍA 1981