Por: Marcos Gómez.

No quisiera traer a mi mente aquellas escenas dantescas y de alguna manera pronosticadas por muchas razones de las que se habló antes y después de la caída de varios palcos repletos de gente de todos los pelambres.

Allí cayó el vende rosquitas, la señora del pueblo más apartado de la región, venía de La Mojana, que vino ese día a ver los toros de Don Arturo Cumplido Sierra, la cual se sintió frustrada cuando le dijeron que ese día no era el de Don Arturo porque en la Alcaldía el gobernante de la época hizo todas las triquiñuelas posibles para darle ese día de toros al pariente hacendado y millonario Pedro Juan Tulena. 

También cayó un guajiro lleno de prendas de oro de 18 kilates que murió ese día y no se supo nunca su nombre, ni nadie vino a reclamar su cadáver y su Ranger negra parqueada en las afueras de la plaza. 

Allí vi morir en mis brazos a mi compañero de infancia, el querido  amigo y llave,  ‘El gordo’ Onel Sierra.

Así como ellos murieron centenares de parroquianos, unos más importantes que otros, cayeron en esa corraleja sobre la cual llovieron críticas por la forma como la administración de la época, el alcalde y demás autoridades, por la improvisación en la construcción de los palcos, hecha por gente inexperta solo por engordar su ego político y demostrar su poder.

Sincelejo ese día fue una enorme sala de velación, donde en cada casa había un muerto.

Y así el pueblo en su mayoría puso los muertos mientras la casta política representantes del feudalismo imperante en esa época con un sistema político ultraconservador mal llamado Frente Nacional, el cual se hizo famoso por los gobiernos más retrogrados que hemos vivido en este sufrido, saqueado y maltratado país.

Ojalá en Colombia no se vuelvan a repetir otros 20 de Enero como ese día nefasto y gris que nos tocó vivir.