Un caso de la vida real

Un caso de la vida real

Por: Nelson Castillo

Y sin embargo, en esencia, se trataba de un favor simple. Extraída del contexto de la relatividad, vista en el plano de lo absoluto, su actitud no era en sí misma un gesto extraordinario que valiera tanto la gloria del agradecimiento, como se empecinaban en demostrárselo la favorecida y sus padres. Todo se redujo a estampar su firma en unos formularios bancarios para satisfacer una condición sine qua non de la entidad, una formalidad sin importancia alguna, siempre y cuando, claro está, no se mirara más allá del simple hecho, las eventualidades  que podrían acaecer.

La amiga requería que alguien con cierta estabilidad laboral le sirviera de codeudor a fin de que la entidad bancaria le aprobara por fin un préstamo con el cual financiar sus estudios de posgrado. Nadie, ninguna persona decente, se negaría ayudar a una joven a proseguir sus estudios. ¡Cómo decirle no a una dama frente a una solicitud tan fácil de satisfacer! Pero sobre todo los padres de la estudiante, personas respetables de la comunidad, vieron en aquella manifestación de servicio una generosidad admirable, como si fuera en realidad el más caro de los altruismos. Hasta ese punto de extrañamiento había llegado la mutua desconfianza de nuestros tiempos

Fueron sus allegados los que le hicieron ver de inmediato el potencial problema en el que se había metido. ¿Cómo fuiste capaz de hacer semejante favor? ¡Qué ingenuo! Eran comunes los casos en que al fiador le tocaba cubrir la deuda del crédito en vista de que el deudor incurría en la desfachatez de no pagar, una de las peores irresponsabilidades del ser humano. Sus amigos descifraron en la inconmensurable gratitud de los padres la sorpresa que causa la persona que fue capaz de exponerse a un riesgo de los diablos, cual es contraer una eventual deuda con los despiadados bancos, obnubilado por la confianza en el otro, un gesto invaluable en los tiempos del cinismo.

Por mucho que sus amigos le expusieran la gravedad de lo que podría suceder, él se negaba a aceptarla. Tal situación era inconcebible. No era ignorancia, sino decencia. Un hombre decente como él jamás podía imaginar que una persona favorecida pudiera estar pensando en perjudicar al benefactor. No le cabía en la cabeza. “Ay, Antonio”, se dolían aquellos que lo estimaban. “No sabes el problema al que te expones”.

Sí, era cierto, se habían visto casos excepcionales en que el fiador se veía de pronto con el salario embargado en requerimiento a la deuda contraída por otro. Pero no reparaba en excepciones, sino en generalidades, en lo razonable,  lo universal en la conducta humana. Creer en los demás era ya un antídoto frente a lo irrazonable. Y quizás, como lo creían los demás, era un simple acto de ingenuidad. Pero la ingenuidad, se defendía él, consiste, precisamente, en creer que los demás son tan decentes como nosotros. Su convicción lo ponía a salvo de todo, se resistía a aceptar la degradación del ser humano.