Susy

Por: Nelson Castillo

Una tarde fue suficiente para que Susy me contara, en un café de la ciudad de Lima, su método para vivir, por encima del sufrimiento. Admiré la actitud administrativa con la que maneja los asuntos de su alma, como si fuera la gerente vitalicia de la empresa de su propia felicidad. Estuvo casada en su primera juventud con un pintor mexicano. El tiempo se encargó de demostrar que las cosas no funcionaban. Porque ella es de las que creen que la relación conyugal debe tratarse con el mismo rigor con que se manejan acuerdos de convivencia. Un matrimonio es una sociedad en la que se intercambian mutuas concesiones.

El sufrimiento que pudo ocasionarle la separación lo sometió a un riguroso procesamiento de reflexión. Por fortuna, quien hoy es su exesposo también fue cocinado en el mismo horno de una educación elaborada para la vida. Ambos vieron en la separación la decisión más sabía, el camino más idóneo para sus vidas.

Su segundo esposo, chileno, también se dedica a la pintura. Hace unos días me envió una foto en la que aparece con él en un parque otoñal. Se ven felices. Se nota que la foto fue tomada en el atardecer de un domingo. La calle, como trasfondo, se ve desierta. Detrás del parque se observa la fachada de dos casas de una sola planta con las puertas cerradas. Uno imagina a sus moradores en familia, en espera quizás de una exquisita cena preparada con los ingredientes que exige el buen apetito.

A los congresos de filosofía a los que asiste, donde se codea con asistentes de diferentes países, Susy establece relaciones cordiales con colegas de ambos géneros. La inteligencia de los demás la domina. No niega que ha regresado de algunos congresos estremecida por el recuerdo de uno que otro admirador. Una noche, pocos días después de regresar de Cuba, su esposo la sorprendió mientras recordaba muy íntimamente las escenas en las que ella está en un restaurante con el amigo colombiano con quien hizo una solidaria amistad. Ella se sintió descubierta, como si estuviera cometiendo un acto de infidelidad.

Aquella tarde le pregunté si alguna vez había concretado relaciones amorosas con los amigos que conoce en los congresos y me dijo que no por una razón muy práctica: tiene su compañero y un flirteo equivale romper sus relaciones, empezar de nuevo, etcétera. «Procuro sacármelos de la memoria para no sufrir», me explicó. Le pregunté por qué y me dijo que enamorarse la hace sufrir. «Evito todo aquello que me pueda hacer sufrir «, concluyó aquella tarde.

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*