Siguiendo al campeón – 5a Parte

Siguiendo al campeón – 5a Parte

“Siguiendo al campeón” es una SERIE de Crónicas durante el ejercicio profesional del periodista monteriano Álvaro Díaz Arrieta en su periplo en torno de Miguel Lora Escudero. Las incidencias, anécdotas, regocijos, abatimientos y grandes satisfacciones alrededor de la figura que se convertiría, años más adelante, en el gran Campeón de peso Gallo que el mundo recuerda.

El viaje a Miami fue tranquilo y placentero, con “Johnny Walker” incluído cortesía de don William Salleg. Al sobrevolar a Cuba el piloto inclina la nave y comenta: -Señores pasajeros en estos momentos volamos a 28.000 pies de altura sobre Cuba. Mi compadre Robinson Suárez mira por la ventanilla y exclama: -Nojoda compa, troncos de estadios de béisbol tiene Fidel. Le respondo: -Compa no se incline mucho porque se puede voltear el 727 con el peso.

Fue un viaje lleno de mucha ilusión, primero porque sabíamos de las grandes posibilidades de Lora para coronarse campeón y lo que significaba para nosotros como periodistas deportivos estar en ese gran acontecimiento mundial; adicionalmente porque pisábamos por primera vez la tierra del “Tío Sam”. Pero al llegar a Miami a Eu Pineda, Julio Guerrero y a mi al momento de presentar nuestros documentos en el control de inmigración, justo en el momento que Eu Pineda me dice: -Álvaro ojalá no nos toque una mujer en la revisión de visa y pasaporte porque joden mucho, y efectivamente nos tocó una mujer. Me tocó el turno a mi primero, entregué mis documentos pero me precipité al decirle que yo regresaba a Colombia en cinco días; la muy “hedionda” me miró y me dijo: -¿tú cómo sabes que regresas en cinco días si el pasaporte no lo dice?. Llamó a un policía con cara de pocos amigos y este me dijo que lo siguiera. Me llevó a un salón donde estaban todos los sospechosos, había chinos, japoneses, haitianos, dominicanos etc. Ahí me encontré con Julio Guerrero y su sombrero barbisio enmohecido y le pregunté: -¿Julio qué pasa? Y Julio me responde: -Siempre que los monos, estos americanos amanecen arrechos pasa esto.

La impaciencia se apoderó de mi, pisaba por primera vez tierra norteamericana y me pasaba esto; duré una hora en ese salón hasta que apareció el mismo policía arrogante y en forma despectiva me dijo: -Acompáñeme, y comenzó a darme vueltas en el mismo aeropuerto tratando de confundirme. Lo más degradante fue cuando el bendito gendarme americano comenzó a lanzarme al piso toda la ropa, crema dental, calzoncillos y demás pertenencias. Yo quería mentarle la madre pero me abstuve para evitar ser deportado. Me encomendé a Dios y le pedí que me ayudara en este trance y así ocurrió, yo miraba todas las cosas tiradas en el piso, la cédula, mi carné de periodista y demás documentos de identificación; esto le valía un pito a ese sabueso de cocaína que se ensañaba con migo. Desesperado con tanto “raqueteo” y humillación cuando introduje la mano en el fondo del maletín y saqué el sombrero vueltiao que le envió el periodista Roger Olascoaga a Happy, el gringo policía de la DEA lo vio, lo cogió y lo llevó a sus narices oliéndolo como perro busca-droga a ver si estaba impregnado de ese alucinógeno, pero se equivocó, ese era el sombrero con el cual Happy subió al ring y que luego se convirtió en símbolo del deporte Cordobés y de todo un país. Luego, al sacar la pancarta con la pintura de Lora en posición de guardia, un compañero del tipejo con prendas de policía entendió que Álvaro Díaz Arrieta era verdaderamente un periodista colombiano y para convencerse de mi estado psíquico y mental llamó a una mujer policía, de ascendencia cubana al parecer, quien me pregunta el color de mis medias. Yo no sabía qué decir puesto que en un tiempo eran blancas pero con el invierno en montería y la penetración del agua por los zapatos se tornaron de varios colores, al final dije blancas y la mujer, muy hermosa por cierto, me dijo: -Puede irse.

De tantas vueltas que di en el aeropuerto no sabía para dónde coger y le pregunté al mismo infeliz vestido de policía que si era por allá y él me respondió con una cínica sonrisa: -¿Quieres volver?. Al fin pude ver los equipajeros y entendí que la puerta de salida quedaba en ese lugar. Cuando se abrió la puerta creí que estaría solo, habían transcurrido dos horas desde la retención y los creí a todos en el hotel, pero mi sorpresa fue inmensa y no pude ocultar la emoción que me embargaba al ver la solidaridad de todos mis compañeros de viaje, colegas y paisanos esperándome, preocupados por mi suerte. Se abalanzaron sobre mi, me abrazaron y daban gracias adiós por haber superado este momento. Melanio Porto, Eugenio Baena, Robinson Suárez, Luis Alberto Payares, Fabio Poveda y Edgar Parea eran los más felices.

Recuerdo que Edgar me dijo en tono jocoso -¿Qué te hicieron esos hijos de puta, no te violaron? Todos soltamos la carcajada. Y ya había pasado el momento difícil y nos disponíamos, ahora si después de semejante tormento, entrar a la gran urbe norte americana.