Sensaciones equivocadas

Sensaciones equivocadas

Por: Nelson Castillo

Despertó, ya sin sueño, en una hora en la que una gran parte del resto de la humanidad estaba fulminada, apagada en el sueño. Una hora en la que las personas que duermen a pierna suelta en sus casas, como le había oído decir a un ladrón nocturno, están como muertas y no sienten en lo absoluto los pasos sigilosos del pecado.

Primero fue al baño y vació sus riñones, pleno, satisfecho de su magnífico estado de salud. (A partir de ese momento, después de estirar sus extremidades, la vida en su casa empezaría a ponerse en movimiento, porque la servidumbre y su mujer se levantarían a ayudarlo a prepararse para enfrentarse al mundo).

Luego, antes de saborear el primer café del día, fue directo a la nevera. Tenía sed. Pero no tomaría del agua cocida con hojas medicinales que su mujer le había dejado preparada la noche anterior para prevenir la diabetes y que él ingería en cada amanecer con la fuerza de una fe devastadora. Antes de abrir la nevera, sin haber encendido las luces porque le gustaba sentirse sumergido en la penumbra, hacer parte integral de la realidad, iba precedido por el deseo de tomarse un delicioso jugo de zapote sin azúcar que también su mujer, en contra de su voluntad, le había dejado servido la noche anterior. Esa era la idea en la que consistía, en el exquisito sabor del jugo de zapote.

Pero, aún con las últimas telarañas del sueño pegadas a sus párpados, se equivocó de recipiente y tomó el que no era, el que correspondía al agua inodora. Al probar el primer sorbo, convencido de que todo su organismo se encontraría con el delicioso sabor del jugo de zapote, sintió de súbito que su boca se deshacía en otro sabor distinto al que había imaginado, como si se hubiera adentrado en la vida que él no había soñado, como si en su caminar hubiera dado un paso en falso, al vacío. Y se acordó al instante, por reflejo, sumido en una resignación apacible, de la mañana radiante de otra realidad cuando la vida también le había jugado una mala pasada en el salón de los espejos del Palacio de Versalles, en cuyos pasillos históricos se movía seducido por los olores del pasado, como los demás turistas, con la misma curiosidad pueril de un niño, como si estuviera inaugurando en los ámbitos del pasado los aires sin estrenar del futuro. Creyendo que una ventana rectangular cristalina, llena de luz, era un espejo más en aquella galería, se asomó y esperó encontrarse con su propio rostro reflejado, con el de Napoleón, pero se fue en blanco, al vacío, y se topó con los senderos del jardín por donde caminaba, agarrado de la mano con la reina en las treguas de la guerra, el rey Luis XIV.