Santrich

Santrich

Por: Nelson Castillo

Con semejantes acusaciones antes de tiempo provenientes desde el presidente Duque, quien lo acusó de mafioso, hasta el más furibundo de sus enemigos políticos, quienes lo quieren ver extraditado como si fuera una peste medieval, pasando por el rechazo de muchos de sus colegas en el Congreso el día de su llegada, uno está definitivamente en la disposición de comprender la desaparición de Santrich. Y comprender, huelga aclararlo, no significa justificar.

El miedo de morir es instintivo. Y la extradición constituye una de las peores formas de morir en vida, padecer el paso enloquecedor del tiempo en una cárcel de alta seguridad de los Estados Unidos, sufrir el peso de la existencia, algo aún más cruel que apagarse de una vez por todas. Ningún hombre en sus cinco sentidos cree que su falta sea tan grave como para ser condenado o ejecutado, como lo deben de estar pensando los hermanos Uribe Noguera frente al intento de proteger al hermano asesino, una actitud propia del ser humano. Y sobre todo cuando el objeto del delito recae en el tráfico de una substancia tan demandada en países desarrollados.

Oponerse a la legalización del tráfico de drogas no sólo ha sido una postura de doble moral, sino una estupidez secular. La mejor decisión de los gobiernos será legalizarlo. Es lo apenas sensato. Una solución que detendrá olas de crímenes y financiaciones de guerras devastadoras. La venta y el consumo de drogas exigen otro tratamiento.

Santrich tendrá sus razones para fugarse. Su incumplimiento frente al requerimiento de la justicia le hace daño al proceso de paz, da pábulo a sus enemigos para que arrecien sus ataques contra la JEP.

Pero no entiendo por qué a muchos, desde el presidente hasta el voceador de periódicos, les interesa tanto que lo capturen, lo extraditen y lo condenen para que se pudra hasta la muerte en una cárcel de alta seguridad de los Estados Unidos, como si en su captura, en su condena y en su pudrición la justicia de los hombres resarciera todos los crímenes de lesa humanidad que se han cometido bajo la más infame impunidad desde la llegada de los españoles a América.

De la misma manera como soy incapaz de entender otras cosas absurdas, aunque lo absurdo tiene su lógica; verbigracia: la incesante preocupación del gobierno colombiano por la suerte de los emigrantes venezolanos y de la violación de los derechos humanos que comete el gobierno de Maduro. Y eso está bien, que nuestro gobierno se martirice la vida por mejorar las condiciones de vida de los países vecinos.

Pero no lo entiendo a cabalidad, porque en Colombia estamos hasta la coronilla de tanta pobreza, y todos los días corren ríos de sangre ante nuestros ojos, y todos los días la prensa colombiana da cuenta de la muerte de otro líder social, sin que el gobierno emita una sola queja. La vida está por encima de todo, incluyendo la fuga de Santrich, quien a partir de ahora será un prófugo más de la justicia.