Peleas entre escritores

Peleas entre escritores

Por: Nelson Castillo Pérez

 

La pelea trenzada por García Márquez y Vargas Llosa no fue ni la primera ni la última en el historial de las letras universales. Son memorables los enfrentamientos entre Faulkner y Hemingway. Este decía del segundo que jamás enviaba a un lector al diccionario, y este opinaba que aquel no había escrito nada esencial.

 

 
Antes de ellos, Tirso de Molina y Lope de Vega habían enfrentado a Cervantes. Tanto así, que intentaron desprestigiar el Quijote con la edición de un libro apócrifo firmado por un tal Avellaneda.

 

 
Las peleas de Góngora y Quevedo daban vergüenza. Pero el colmo fue Camilo José Cela: peleaba con todo el mundo y por cualquier cosa. Las contiendas entre Camus y Sartre, en cambio, fueron de un calibre más intelectual. Ambos se reconocían en sus virtudes y defectos. El argelino defendía la moral ante la Historia; Sartre, lo contrario. Camus preservaba la libertad del hombre, su sensualidad, su intrascendencia. Sartre, un profundo convencido de la militancia política. En una fotografía histórica se le ve en compañía de Ernesto Guevara y Simone de Beauvoir, su mujer, con quien viajó a Cuba expresamente desde París a entrevistarse con el Che.

 

 
De la pelea protagonizada por Vargas Llosa y García Márquez solo queda una fotografía de este con el “ojo colombiano”. Lo demás quedó reducido al campo de la especulación, porque los dos hicieron un pacto de caballeros.

 

 

Lo lamentable es que Vargas Llosa no haya permitido, como represalia, la reedición de su libro García Márquez:

 

 

Historia de un deicidio, quizás la mejor crítica de la obra y vida del escritor colombiano.

 

 
Con todo, lo injusto es que no se haya reparado en la desigualdad: Vargas Llosa, en una esquina, es un peso pesado, con una estatura de casi dos metros, mientras García Márquez, en la otra, no pasaba de ser un peso pluma.

 

 
Sin embargo, la fortaleza no va siempre cogida de la mano con la estatura. Pero pegarle a un hombre como García Márquez, a quien se le notaba a leguas que ni siquiera sabía empuñar las manos para pegar una trompada, no deja de ser una triste actitud ventajista. Gabo fue un hombre inofensivo a quien nunca se le oyó alzar la voz; tan tímido, que sufría como un niño cuando hablaba ante el público, el oficio más terrible del mundo, según él. Un hombre que lo asaltaba el susto del amor y le temía a los aviones.

 

 
Ambos, grandes escritores, galardonados con el Premio Nobel. El uno proviene de una familia de clase media de Arequipa, sur del Perú, de ascendencia mestiza y criolla, defensor del libre mercado. El otro, un mestizo caribe de pelo ensortijado que nunca perdía de vista que era, a la hora de la verdad, uno de los catorce hijos del telegrafista de Aracataca. A diferencia de García Márquez, quien se reconocía solo como un contador de historias, Vargas Llosa tiene doctorado en Letras de la Complutense de Madrid, con tesis laureada. Un escritor prolífico. Pero cometió la injusticia de pegarle a un hombre que nunca fue de peleas.