Pánico económico

Por: Nelson Castillo Pérez

Para no quedarme sin el asidero de una duda frente al cajero automático (la duda a veces funciona como esperanza), no realicé la operación de los últimos movimientos de mi cuenta de ahorro, que era lo más inmediato que debía hacer, como lo indicaba la sensatez. Con el recibo de la transacción en la mano, me quedé paralizado. La evidencia, como un golpe contundente, sin haberlo temido antes, me inmovilizó de pavor: me habían sacado casi la totalidad de mi salario. Me estaba sucediendo lo que nunca pensé me sucedería, aquello que ya les había pasado a otras personas. Me habían clonado la tarjeta. No podía ser. Tenía que ser una pesadilla. Algo se había equivocado en el sistema. Pero el recibo estaba ahí en mis manos, como fiel testimonio de mi desgracia, y la solución que surgió en mi mente como un incierto horizonte fue el rostro de unos cuantos viejos amigos. Acudiría a ellos como último recurso para que me prestaran dinero hasta el próximo pago.

En vez de entrar a la entidad bancaria, tomé la decisión de dirigirme a mi casa, donde, por supuesto, no arreglaría nada. Pero necesitaba calma, sentarme en un sillón después de soltarle a mi familia la nefasta noticia. La cara que yo debía de llevar detrás del volante de mi carro tenía que estar marcada por la huella del espanto de no tener el suficiente dinero para sobrevivir el resto del mes, que apenas empezaba (da miedo no tener dinero), porque al instante llegó detrás de mí un pariente que optó por devolverse de su camino para averiguar el origen de la tragedia que yo cargaba en mi rostro.

Mientras los miembros de mi familia se quedaban sin palabras frente al tamaño de mi calamidad, ya había decidido regresar a la entidad bancaria. Algunos amigos a los que había llamado para sentirme agarrado a algo, me habían solventado con la información de que en estos casos la entidad bancaria se hace responsable del dinero, me lo devolvería. Nunca la desgracia es total.

En mi casa, apabullado en el sillón, me rescató por un momento la idea fundada de que si hubiera sido un ladrón, lo más seguro es que no habría dejado nada en el cajero. Por lo tanto, tenía que haber una equivocación aún no detectada en el sistema, algo había fallado. Pero al mismo tiempo, como una contraparte, surgía el manto de una desolación: la posibilidad de que el ladrón no hubiese podido sacar todo el dinero porque el mismo sistema no se lo había permitido.

Con esa incertidumbre regresé al banco. La idea de que otra persona fuera conduciendo, me concedió un poco de seguridad. Me sentí menos solo.

La secretaria de la entidad encargada para estos asuntos me conocía y me atendió con calidez una vez le manifesté lo que me había pasado. Me explicó brevemente el proceso a seguir para que el banco respondiera por mi dinero. Pero primero cálmese, me dijo, haga, por favor, esa fila que se ve ahí, la secretaria le revisa los últimos movimientos para ver qué pasó, que fue lo primero que debí hacer, pero no hice para no apagar la única duda que me quedaba. Mientras estaba en la fila, me vino, como un hálito de esperanza, la idea de que el recibo no fuera el mío. Lo compraré con otro anterior que, por fortuna, había guardado en el carro. Ambos recibos tenían numeraciones distintas, pero la secretaria me dijo, cuando se los mostré, que esos detalles no significaban nada. «Puede ser que el recibo sea de la persona que sacó primero yo», le dije con un tímido aire triunfal. «Puede ser», asintió ella, también con un asomo de alegría en sus ojos. «Un recibo acumulado», remató. Y me invitó a que tomara asiento para que revisara en mi celular el saldo disponible, en el caso que tuviera instalada la aplicación «banca móvil», otro milagro de la tecnología informática que, por fortuna, me había instalado tiempo atrás, para que fuera menos desdichado, otra secretaria de la misma entidad bancaria en las oficinas de Montería.

Uno siempre debe creer en sus pálpitos. La revelación más contundente que sentí con mayor intensidad había sido, mientras hacía la fila de paciencia, esa, que el recibo no fuera el mío.

La persona que sacó dinero antes que yo, no tuvo el ánimo necesario para retirar el recibo porque ya sabía de antemano la mínima cantidad que le quedaba frente a un mes que apenas empezaba.

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