My brother

My brother

Por: Nelson Castillo Pérez

Tiene dos casas en Broadway y un apartamento bien ubicado en la tierra que lo vio nacer. También unos lotes que se han venido valorizando a través del tiempo. Una de las casas de la larga avenida está en arriendo, con lo cual amortiza la deuda de la otra que adquirió mediante préstamos en los bancos, una práctica comercial con buenos réditos entre inmigrantes.

La casa ocupada por él de igual manera le proporciona ganancias ya que tanto el sótano (el basamento) como el primero y segundo pisos se encuentran habitados por inquilinos. El ático acondicionado a su medida le da el mero abrigo que él requiere en su soledad de hombre divorciado. Está pensando bien qué tipo de mujer escoger para que lo acompañe y le brinde la calidad de vida propia de los últimos años, por lo demás merecida, después de haber trabajado duro y parejo, y conservado con juicio sus propiedades como lo mandan los preceptos del hombre adinerado.

Cuando cuenta su historia, que empezó aquel remoto 24 de diciembre en el que el resto del mundo festejaba la Noche Buena mientras él se embarcaba como tripulante en un barco mercantil de aguas intercontinentales, asediado por el secreto y fabuloso sueño de quedarse como indocumentado y para siempre en el puerto de New York, parece un faraón rindiendo cuentas de lo que fue su labor de aprovechar el tiempo.

Ahora, cuando ya no le es posible no reconocer que a la larga se vive para recordar, quizás comprende a cabalidad la razón de su temeraria decisión de aquellos días, vista por los demás como una ventolera de adolescente: haberlo dejado todo para emprender la búsqueda incierta de la prosperidad en una tierra que nadie le había prometido. Porque, a decir verdad, ninguno de los atónitos miembros de su vecindario, ni aun aquellos que lo odiaban, pudo entender que él fuera capaz de desprenderse de su ciudad bulliciosa donde lo tenía todo, desde lindas muchachas que conquistaba en las verbenas de los domingos hasta amigos entrañables con quienes trazaba planes contra las incertidumbres del escenario sideral del futuro, pasando por la protección incondicional de su madre. Una decisión rotunda que dado el caso no habría tomado ni el más tozudo de nuestros vecinos del barrio Amazonas, aquel plomero que salía todas las mañanas armado de sus herramientas a esperar qué maraña resultaba por ahí.

Ahora, quizás, reducido a su propia individualidad en un universo de individualidades, comprende que su indiscutible triunfo en la ciudad de los rascacielos no fue otro que haber aprovechado el tiempo en la consecución de lo que finalmente posee después de ingentes sacrificios en pos de vivir con cierta tranquilidad su vejez. Ahora, cuando cierra los párpados para no seguir contemplando las telarañas del techo a la luz del rayo cenital, debe de entender por fin que detrás de sus ímpetus juveniles de aquellos tiempos por construir su destino se escondía el terror insondable de la soledad, el deseo sin revelar de asegurar su vejez.