La confianza

La confianza

Por: Nelson Castillo Pérez

La confianza es la base que consolida las relaciones entre los seres humanos, incluso en el mundo del reino animal en términos generales. Y eso que algunos de los seres no humanos son los que más olfatean el rastro de la desconfianza.

La vida sobrevive gracias a ese sentimiento humano que es la confianza. Nos abandonamos a diario a la convicción de que ninguno de los seres con quienes hoy trataremos ha enloquecido y que una vez más, como siempre ha sucedido, todo continuará igual al día de ayer y como ha sido toda la vida desde que tenemos uso de razón. Nos domina el don de la conservación, el arraigo. Somos conservadores por naturaleza. La rutina es nuestra tierra firme.

La confianza es una comodidad. La comodidad de estar convencidos de que el conductor que nos ofrece su sonrisa de generosidad de todas las mañanas nos transportará hoy con la misma responsabilidad de gente cuerda que lo ha caracterizado todo el tiempo. No nos cabe en la cabeza ni por un pienso que en el día de hoy se haya trastornado y pueda someter al riesgo nuestras vidas. ¿Cómo poner en duda que el barbero al que ofrecemos con fácil entrega nuestra yugular no siga en sus cabales? Sería el colmo.

En virtud de la confianza que hemos depositado en la naturaleza del ser humano, en ningún momento se nos ha pasado por la mente la siniestra idea de que el piloto del avión que hoy nos llevará a Bogotá, a 42.000 pies de altura, en esta hermosa mañana sin bruma, enloquecerá de remate en pleno vuelo. ¿Cómo desconfiar de la higiene de los cocineros que nos prepararán el almuerzo en el restaurante del aeropuerto?

Vivimos sostenidos por el don de la confianza. Sin embargo, es deplorable que los miembros que constituyen una pareja o una red de amistad no tengan en cuenta esta elemental condición que requieren las relaciones. La confianza significa seguridad, un estado superior al amor, que es un sentimiento esponjoso que se caracteriza por el asedio de la desconfianza.

Amar, creo, es desconfiar. La desconfianza viene a ser la arena movediza sobre la que se desmoronan las grandes edificaciones de los sentimientos. Los seres humanos responsables cuidan mucho de no cuartear la sólida pared de la confianza.
Como en los grandes crímenes, aquellos seres audaces, cautelosos, aunque sea en lo más ínfimo, siempre dejan un indicio que conduce al descubrimiento del resquebrajamiento del tesoro de la confianza, que es por lo que los humanos tanto nos esforzamos en esta vida.

Descuidarse en el empeño de no dejar un cabo suelto en aquello que consideramos la obra maestra del engaño, constituye el desliz más fatal en el deseo de mantener el papel celofán de las apariencias. Qué desgracia que ya no nos tengan la confianza de antes. Es peor que el desamor. Nuestro interés no consiste tanto en que nos dejen de amar, sino en que nos empiecen a mirar a través del portillo de la desconfianza.