“Cien años de soledad” y el cine

“Cien años de soledad” y el cine

Por: Nelson Castillo

“Cien años de soledad” (CAS) fue escrita contra el cine, dijo García Márquez. Un productor de cine en México le fue sincero y le dijo, con una mano de consolación en el hombro, que las historias que él escribía para cine no eran comerciales. Fue entonces cuando se encerró durante 18 meses a unir aquellas historias míticas que provenían de sus recuerdos de la infancia en Aracataca, y de ahí salió CAS, convencido de que el cine no sería jamás su medio ideal de expresión. Por lo mismo rechazó todas aquellas propuestas, jugosas, por lo demás, que pretendían llevar su famosa novela al séptimo arte.

Sus hijos arguyen, para justificar el proyecto cinematográfico, que ahora existen sofisticadas tecnologías virtuales que pueden traducir en imágenes ese realismo mágico que se respira en cada una de las páginas de CAS, sin tener en cuenta que la relación que se ha dado entre las obras del gran autor y el cine no ha sido la más afortunada, pues las virtudes de García Márquez residen en la magia de su lenguaje, pero también en una estructura narrativa que atrapa al lector. El mismo realismo mágico no consiste tanto en lo fabuloso como en la sapiencia de naturalizar lo sobrenatural.

Es común la versión de que un buen libro casi nunca origina una buena película. Y la razón puede ser que la literatura es un medio de expresión muy diferente al cine, aunque sea cierto que un buen director cinematográfico se aproxime mucho a un buen novelista en el sentido de que ambos son cuidadosos en el arte de contar historias. Ambos caracterizan con rigor a sus personajes en términos esenciales y no dejan cabos sueltos que puedan estropear la credibilidad de la historia. En una buena película, al igual que en una buena novela, los medios justifican el fin.

En el caso de García Márquez hay distancia entre sus libros y las películas que se ruedan a partir de ellos. Y la razón la dio el mismo autor: la literatura consiste en el arte de coger por el cuello al autor desde el primer párrafo y no dejarlo despertar hasta el final, para lo cual se necesitan clavos y tornillos, toda una carpintería que el creador de Macondo conocía al dedillo. Borges también tenía el mismo concepto: la literatura es un sueño dirigido. El escritor, como el mismo García Márquez lo dijo, es un gran prestidigitador.

García Márquez no digería muy bien la idea elogiosa de que él fuera un genio. Se sabía un escritor que había aprendido el arte de novelar, pero también el de contar historias cortas. Pasó a la historia como novelista y cuentista. Grandioso en ambos géneros. Y su fuente fue el aprendizaje. Estudió a cabalidad las obras de Faulkner y Virginia Wolf, quienes a su vez habían bebido de la cantera inagotable del Ulises de Joyce. De ellos aprendió a manejar con suma elasticidad el tiempo y el espacio.

Hemingway le enseñó a finalizar la labor diaria en el momento que ya sabía por dónde empezar la mañana siguiente.

Ojalá el proyecto cinematográfico ya anunciado supere los fundados temores de su autor. Por lo pronto, yo seguiré imaginando a Úrsula con sus babuchas de pana, incansable, sin cantar, perseguida en sus oficios diarios por el suave susurro de su pollerines almidonados de olán.