Los nombres y las cosas

Los nombres y las cosas

Por: Nelson Castillo

Un sábado en la tarde estábamos a punto de cantar victoria, todos sentados sobre el pretil alto de mi casa, cuando de pronto el comentarista deportivo Melanio Porto Ariza anunció, como un mal presagio, el orden de la tanda brava del equipo de Bolívar: Humberto Bayuelo, Abel Leal y Bartolo Gaviria.

De embasarse uno de los tres, dijo con una voz de ultratumba el legendario comentarista, vendría a batear el remolcador Pompeyo Llamas. Córdoba ganaba en la parte baja del noveno episodio tres carreras por una. José Wilfrido Petro venía dominando la fuerte artillería de Bolívar con un lanzamiento de costalazo que mordía las esquinas del pentágono, a la altura de los codos de los bateadores. Pero los que venían a batear, que le daban duro al perro en el hocico, no sólo estaban peligrosos de acuerdo con la ley de las probabilidades, pues llevaban de tres, nada, sino que también estaban investidos de unos nombres poderosos que daban miedo.

El día que conocí a Pompeyo Llamas en persona, comprobé, en efecto, que era como yo lo había imaginado aquella tarde de sábado de miedo frente al radio, y todo fue como si se hubiera salido por arte de magia de las aguas asombrosas del radio: fornido, bien sembrado, con muñecas de galeote y espaldas anchas. Y claro, ya había visto un domingo en la tarde, desde las gradas de un estadio, a Bartolo Gaviria parado en la caja de bateo con la majagua al hombro. Era tan alto y fuerte, que el bate entre sus manos parecía un lápiz escolar. Con semejante tanda que ostentaba los nombres más temibles del mundo, la victoria de nuestro equipo estaba en veremos.
Dicho y hecho: Bayuelo le tiró al primer lanzamiento y se embasó con un sencillo hacia el jardín central. Con un hombre anclado en la primera base, era probable que el próximo bateador, Abel Leal, votara la pelota de jonrón. No lo había acabado de predecir Meporto, cuando Napoleón Perea narró con estremecida y estremecedora emoción el batazo de cuatro esquinas de Leal para empatar el partido. Ya luego, luciendo tan tremebundos nombres, Bartolo y Pompeyo se encargaron de remontar el score y dejar a los peloteros de la novena de Córdoba con las manillas en las manos.

Aquella derrota imborrable, cuando ya saboreábamos la alegría sin sombras de la victoria, fue una anunciación de lo mal que nos iría a todos a los muchachos del barrio aquella noche de sábado en el baile que tanto habíamos esperado. Llovió a cántaros durante toda la noche. Nuestras novias se quedaron en casa con semejante tiempo horrible. Y todos, de regreso, cargando el peso de la derrota sobre los hombros, debimos colgar en un clavo de la pared la ropa recién planchada por mamá, tristes, viendo llover a través de las ventanas, como si viéramos caer la lluvia de desilusión de nuestros sueños.