Los medios y la felicidad

Los medios y la felicidad

Por: Nelson Castillo

La realidad que conocen las nuevas generaciones es la que les han construido los medios masivos de comunicación, incluyendo las redes sociales, desde las malas noticias de todos los días hasta las frivolidades y los escándalos de las personalidades más visibles de la sociedad.

Es hora de aseverar que la realidad consiste en todo aquello que el ser humano ha venido construyendo sobre la base de lo que debe ser la vida, ese cúmulo de conceptualizaciones que nos constituyen, la cultura. Los crepúsculos, el del amanecer y el de la tarde, espectáculos de la naturaleza poco contemplados en un mundo tumultuoso como el nuestro, más allá de las acuarelas de sus luces, representan lo que el observador cree que son. Y sentiremos, seremos tristes o regocijantes de placidez, dependiendo de lo que pensemos de ellos.

Estas nuevas generaciones han crecido en medio del concepto de que la felicidad está cifrada en el consumo y en el dinero, solo en el placer y en las satisfacciones, cuando se trata, en realidad, de todo lo contrario: la plenitud de los placeres y las satisfacciones que experimentamos en lo cotidiano depende de nuestra felicidad.

La equivocación alrededor de este tema es de envergadura: los colombianos, que viven en un país donde las estadísticas de homicidios y robos son asombrosas, han clasificado, según encuestas contratadas, y en varias oportunidades, como los seres más felices del mundo. «Alegres, quizás; felices, jamás», escribió al respecto la periodista colombo francesa Florence Thomas en una de sus columnas semanales.

La felicidad, al contrario de lo que se ha creído, no es ni mucho menos bullanguera, sino silenciosa. Y no está determinada ni por el grado de consumo ni por el dinero, como lo han demostrado los filósofos a lo largo de la historia del pensamiento. Sucede más bien como ese estado acariciante del espíritu que nos concede la tranquilidad de la conciencia después de haber actuado con el equilibrio de la razón en cada uno de nuestros actos. Para que podamos experimentar en sus justas proporciones los placeres y las satisfacciones, es menester estar felices, tener la conciencia tranquila, frente a lo cual no tenemos la menor duda.

El deber de la educación en estos momentos es orientar a las nuevas generaciones en el uso de las tecnologías informáticas, que no son ni mucho menos un fin sino un medio. El celular, por ejemplo, debe ser visto como un elemento más del currículo, un recurso al servicio de la información a partir de la cual se construye el conocimiento científico. Un mundo será sólido en la medida en que esté regido sobre la base del conocimiento científico, y no sobre la tierra movedizas de las frivolidades y los conocimientos folclóricos.