Los fantasmas

Los fantasmas

Por: Nelson Castillo

Los fantasmas del alma jamás se liberan. La tristeza que deja aquello que quisimos hacer y no hicimos en la infancia o en la adolescencia nos queda grabada con fuego para siempre en el alma, y no se cura aunque en la adultez lo logremos. Nadie imagina lo tanto que quise estar en el Romelio Martínez aquellos domingos en la tarde cuando veía con la imaginación los partidos del Júnior a través de la voz de Efraín Peñate Rodríguez. Varios años después, cuando estudiaba en Barranquilla, tuve la oportunidad de ser alumno de un hermano del famoso locutor, idealizado en mi adolescencia.

Al profesor le extrañaba que yo le preguntara mucho por su hermano y menos por los asuntos escabrosos de la materia que él dictaba. Aunque llegó a saber la causa, no era posible que pudiera imaginar nunca el altar alumbrado de curiosidad frustrada que yo llevaba por dentro.

Muchos años después, un sábado en la tarde después de regresar de Bogotá, supe que Antonio Rada estaba en Lorica porque el día siguiente su equipo se enfrentaría al onceno local. Llegué hasta el hotel donde estaba alojado y me le presenté con un desasosiego vergonzoso, como si él tuviera el remedio para aplacarlo, pero aunque estuve a su lado durante un tiempo prolongado hablando de aquellos viejos tiempos, de Dida y Dacunha, entre otros, no lograba asociarlo, con su cabeza abrumada por las canas, con aquel delantero de patada fuerte que me enorgullecía como costeño cada vez que anotaba otro gol y se colocaba en el primer lugar en la tabla de goleadores del fútbol rentado de Colombia, por encima de Santa y Germán «El burrito» González.

Una noche de sábado conocí de cerca a Hermenegildo Segrera, el formidable defensa del Júnior que, al lado de Segovia, Walberto Maya y «El papi» Vargas, defendía la valla del «Gigante» Tull. Pero ya no era igual.
A los pocos días de estar matriculado como estudiante de literatura en la Universidad del Atlántico me las compuse como pude para estar por fin en las tantas veces imaginadas gradas del Estadio Municipal. En realidad, no había ido desde muy temprano a esperar el espectáculo del brasilero Víctor Ephanor, sino a reconocer la bomba central del estadio y el área del medio campo donde el loquillo Ayrton hacía pantalla, como lo narraba Peñate Rodríguez.

Pero, aun así, saldadas las viejas deudas de mis añoranzas, no logré curarme de los fantasmas de mi nostalgia de adolescente. Ni siquiera ha bastado la cura de burro de la presencia cotidiana de Calixto Avena en las calles de Lorica para sanarme aquellos deseos que me demolían por comprobar con mis propios ojos la hazaña de que un sananterano fuera el cancerbero titular del Júnior de Barranquilla.

No hay remedio: los mejores partidos de fútbol ya me los vi al pie del radio, cuando era un adolescente, en la sala de mi casa, en aquellos tiempos cuando yo mismo quería ser como Joaquín «El pelao» Pardo.