La Ley

La Ley

Por: Nelson Castillo

En el cuento de Kafka, un campesino pretende entrar en el ámbito de la Ley.

Para lo cual espera años largos frente a la entrada, sentado en un banquito, ni siquiera en una butaca reconfortante, y esto es muy diciente para los efectos técnicos del cuento. En la entrada hay un guardián insobornable que le cierra el paso. El campesino morirá después de tanto esperar, sin haber podido acceder a los predios de la Ley. Tan rigurosa e inalcanzable es, que, en el final del cuento, el campesino, antes de morir, quiere saber por qué sólo él pretendía acceder a la Ley si todos lo desean, frente a lo cual el guardián responde:

–Nadie podía pretenderlo, porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

El mérito de Kafka, según Camus, consiste en obligar al lector a una segunda lectura. Ya antes yo había leído su novela «El proceso”, en la que el protagonista Joseph K es acusado de un delito que él desconoce por completo y por el que, finalmente, es condenado a morir como un perro con la cabeza puesta sobre una piedra ante el verdugo que se la cortará con un hacha. En esta novela los pasillos de penumbra de la Ley son recorridos por jueces y abogados corruptos que tampoco le permiten al acusado verle el rostro a la Ley. En ambos casos, ante guardianes severos o corruptos, la Ley es impertérrita.

Se podría asegurar, que Kafka, como persona, debía de sentir un sentimiento parecido al miedo ante la Ley, que fue lo que llevó a Alán García a pegarse un tiro.

A eso me refiero. La Ley es silenciosa, implacable, temible. Altiva, insobornable. A veces los sobornables son sus guardianes; otras veces, no.

En algunos casos me parece lo suficientemente drástica como para desear la desaparición de las penas que en su nombre aplican los jueces. Para decirlo de una vez: no comparto los drásticos castigos que se derivan de ella. Creo, en este sentido, que un periodista como Julián Assange, que acaba de ser arrestado, sea condenado a morir en una celda por haber hecho lo que hizo, que, en perspectiva, cuando la humanidad haya evolucionado, podría ser visto como una bobada. Y creo que nadie que haya incurrido en un delito donde no se mate a nadie, merezca pasar el resto de su vida en una cárcel.

Bastaría con obligar a devolver el dinero al irrazonable que se lo robó, bajo la promesa de no volverlo a hacer. Con el arrepentimiento, que es donde sucede el verdadero castigo. Sólo aquellos que en rigor representan un peligro para la sociedad, como los asesinos en serie, deberían estar recluidos para siempre en cárceles de alta seguridad.

La Ley no existiría si la humanidad fuera razonable. Bastaría con la igualdad social, con la justa repartición de la riqueza, para que nadie tuviera necesidad de robar ni sufrir la vergüenza de ser menos que otro.

Bastaría con una buena educación para que dejara de imponerse el imperio de la Ley, que como todo imperio es cruel. Es utópico pensarlo, pero bueno decir que el día en el que la humanidad alcance un estadio de alta civilización, la Ley no será necesaria, pues todos seríamos razonables, que es lo que exige la altiva Ley. Utopistas que somos.