La autonomía universitaria

Nelson Castillo Pérez

Según mis fuentes consultadas, el origen de las universidades se remonta en la lejana y titilante noche de la Edad Media. Y la motivación fundamental no fue la construcción del conocimiento en las diferentes áreas, sino la intención de desarrollar el pensamiento, la sabiduría. Es decir, no fueron fundadas con el objetivo de emprender estudios, sino como fortalezas para proteger a los que poseían el saber. Se construían en las afueras de las ciudades para que aquellos que desarrollaban el vicio de pensar lo pudieran hacer con entera tranquilidad y libertad, con autonomía, alejados del mundanal ruido. Desde luego, el pensamiento en el interior de aquellos campus se centraba en la escolástica. Fueron el centro de la filosofía, cuyo estudio hoy, irónicamente, ha sido casi abolido de los planes de estudio de las universidades.

El punto de encuentro entre la Universidad y el concepto de universalidad, de lo que tanto se habla, se halla en rigor en la racionalidad. Lo universal estriba en lo racional. No es el vicio sino la virtud lo que se practica a nivel universal. La esencia de la Universidad es la razón, le oí decir alguna vez a Carlos Gaviria en uno de los tantos auditorios de la Universidad de Antioquia. Dijo la verdad.

La universidad pública constituye un universo autónomo. Funciona como una suerte de laboratorio de perfección humana, y nunca debe ser el reflejo de la sociedad que pretende transformar, sino todo lo contrario, un sistema de conocimiento que busca el mejoramiento del entorno. La ley 30 tuvo la certeza de contemplar la Autonomía Universitaria en uno de sus articulados. Tal autonomía, que no puede confundirse con los trazos de la arbitrariedad, es lo que les concede a los directivos de las universidades la discrecionalidad de elaborar los estatutos internos propios con el fin de fijar mecanismos y criterios pertinentes que le permita a la academia un buen desarrollo. Se trata de que las autoridades que rigen el ordenamiento de las universidades encuentren y establezcan  el curso razonable del funcionamiento de las mismas a través de sus normas, pues las universidades son empresas, sí, claro, pero empresas que educan e instruyen integralmente ciudadanos. En las universidades se construye el conocimiento científico para la transformación del entorno, pero también para convertirse en insumo del pensamiento.  El pensamiento vuelve idóneo el mundo para vivirlo. Ya lo importante no es el conocimiento en sí mismo, sino lo que se hace con él, dijo Habermas.

De tal manera, dicho lo anterior, no es nada razonable que fuerzas exteriores en busca de poder traten de interferir en el curso de la autonomía universitaria otorgada por la ley, pilar fundamental en el origen de las universidades.  Es peligroso. Ya pasó en algunas de nuestras universidades, y los resultados fueron lamentables, dolorosos. Se hace necesario que la confrontación ideológica y política en el centro de las instituciones universitarias se enmarquen en los lineamientos de la democracia.

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