Imperativo categórico

Imperativo categórico

Por: Nelson Castillo

Los feligreses que se aferran a la fe arrasadora de que recibirán la gracia de Dios por el solo hecho de abandonar los placeres de la tierra, sacrificar los sentidos, dejar de ser sensuales, y asistir en romería al mundo angelical de una Iglesia, de las tantas que proliferan en un país en el que el ejercicio de la razón para vivir ha fracasado, ignoran acaso que seguir los mandamientos de Dios o ser cristiano a cabalidad requiere del esfuerzo de convertirse en mejores seres humanos, regidos por el imperativo categórico del que nos habla Kant.

El imperativo categórico es un mandato moral del ser racional. Es un deber. Una ley universal. Una máxima. Yo no saludo a la gente, por ejemplo, con el fin de que me quieran, sino porque sé que la gente se siente digna cuando la reconocen como tal, aunque sea a través de un cálido saludo. El imperativo categórico no es un medio, sino un fin en sí mismo, una acción de la racionalidad.

Amar al prójimo por encima de todas las cosas es obra de la racionalidad, de una profunda transformación humana en la que prima el deseo de que los demás tengan acceso a una vida digna. Apelar a la racionalidad, ser una persona moral en el sentido que lo predicó Kant, es un principio precursor de la Teoría de la Acción Comunicativa de Habermas.

La modernidad no consiste en la mera apertura de los avances asombrosos de la tecnología, sino en la necesidad que asiste al hombre contemporáneo de apelar a la racionalidad y no a la violencia, como lo creen los violentos, ni al conjuro de fuerzas sobrenaturales, como lo creen los pastores que en los cultos a Dios pregonan la salvación eterna de las almas después de la muerte, sin saber que la única forma posible de creer en Dios consiste en ser sensatos en cada uno de nuestros actos, aun en los frémitos enloquecidos del amor.

La verdadera salvación de la humanidad reside en la conversión cada vez más de sus especímenes en mejores seres humanos, en desear y hacer lo posible para que los demás sean felices. Este deseo es lo que en realidad hace del ser humano un ser moral en el sentido que lo creyó Kant, un ser amoroso, superior. La moral de un ser no se concreta cuando guarda las apariencias y deja de ser él mismo para atender el mandato de voces exteriores, sino cuando se es racional. El acto moral proviene del ejercicio de la racionalidad. No basta con ir a las iglesias.