García Márquez

García Márquez

Por: Nelson Castillo Pérez

Hace muchos años, cuando aún se podía soñar, un grupo de curiosos, en el interior del Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, rodeaban a García Márquez y a un excelso pintor mexicano cuyo nombre ahora injustamente olvido. En realidad, el centro de atención era el colombiano, que aún no era Nobel de Literatura. No solo lo miraban con profunda curiosidad sino que lo tocaban con las manos, como para comprobar que en verdad estaban frente a un hombre de carne y hueso. De haber podido, le habrían preguntado si acaso defecaba y orinaba al igual que ellos.

Querían convencerse si alguien capaz de escribir una novela como Cien años de soledad era tan humano como ellos.

Quizás se ufanaban de que un humano como ellos fuera el autor de semejante portento. O tal vez buscaban conocer de cerca el resplandor de la gloria.

Hablar en familia con García Márquez era como sentirse al descubierto, auscultado hasta el fondo del alma. Su intención nunca fue encontrar arcanos recónditos. En virtud de conocer a profundidad al ser humano, lo miraba en su esencia (el escritor es permanente observador y analista de la humanidad, habla de ella, para lo cual construye un escenario, una estructura narrativa, unos personajes que representan a la humanidad).

García Márquez hacía caer en la cuenta a sus interlocutores de cosas que ya ellos sabían, pero que solo empezaban a existir desde el momento en que él las inauguraba con el sortilegio de sus palabras, que organizaban la realidad dispersa. Su personaje principal siempre fue el alma humana, la inscribía en la órbita de su universo de ficción. Eso significa que sus personajes jamás fueron el producto de la elaboración técnica de sentimientos falsos. Sus obras están cimentadas sobre sentimientos verdaderos de la humanidad, que es lo que garantiza la vigencia de lo clásico a través de los tiempos. Su virtuosismo estaba en la construcción de las historias, en la carpintería que utilizaba para hacer creíble el universo de su creación, con tal de que fuera verdad, vida (“¿La literatura? ¿La vida? ¿Convertir la una en la otra? ¡Qué monstruosamente difícil!”, dijo Virginia Woolf), de la misma manera como los cineastas, antes de filmar la escena, se las arreglan por fuera de cámara para ilusionar a los cinéfilos y hacerles creer que se trata de una realidad. García Márquez dijo que la literatura consiste en un acto hipnótico, y para ellos se requiere un arsenal de tuercas y tornillos.

Cada vez que García Márquez terminaba concienzudamente una obra, debía de experimentar la misma sensación del bateador en el béisbol cuando sabe que le pegó duro al perro en el hocico, que será un auténtico imparable. O quizás la misma sensación de Miguel Angol Buonarroti cuando terminó la estatua de David y la vio tan humana, que no fue capaz de resistirse de golpearla con el cincel y decirle lo que dicen que dijo: “¡Habla!”.

El centro del arte es siempre la humanidad, la naturaleza, su eternización. El arte es expresión. Pero antes de eso, percepción. El genio se diferencia del ser común y corriente porque percibe distinto, desde otros ángulos. Por tal motivo, frente a García Márquez todos nos sentíamos piezas de su genialidad, revelados.