En un día como hoy

En un día como hoy

Por: Nelson Castillo Pérez

Es justo que la economía de un país se mueva. Estamos en temporada alta, dicen los buenos comerciantes cuando el dinero circula, como a final de año. Las ventas se incrementan y mucha gente vinculada a los negocios ve crecer su patrimonio. Hay ganancias. Ganan todos, hasta los que compran, siempre y cuando estos sepan racionalizar los gastos y no sufran después en los tiempos de escasez. Así funciona el sistema capitalista, fundamentado en la interacción de la oferta y la demanda.

Por fortuna no todo el mundo es como yo. Porque si así no fuera, es decir, si todos asumieran mi mismo punto de vista frente a las tradiciones, el capitalismo en Colombia habría fracasado desde hace tiempo.

Desde mis días de la adolescencia, jugando un poco a llevarles la contraria a los mayores, me daba igual que mi madre y mis hermanas mayores me compraran o no ropa nueva en las fechas de conmemoración. Es más, a mí se me hace, jugando también un poco a la presunción, que fui el iniciador, dentro de mi generación, de la idea de despreciar las fechas de conmemoración y estrenar las prendas de vestir el mismo día en que me las compraban, ya fuera un sábado o un lunes, como de hecho lo sigo haciendo en la actualidad desde los días remotos en que gané mi primer sueldo, ahora sí ya no por mera rebeldía, sino por convicción.

En efecto, en aquellos tiempos, cuando yo asociaba el olor de la ropa nueva con el amor, el impulso que me llevaba a ser diferente (mi primer reloj lo llevé en la muñeca derecha y me quedé con esa inusitada costumbre para siempre) se fundaba en la rebeldía, en esa tendencia iconoclasta juvenil de defenestrar las convenciones establecidas.

Porque ya hoy trato de no sufrir por lo que no puedo tener ni alcanzar, que es lo que hacen los estoicos mediante el uso de la racionalidad, como una forma de derrotar el dolor y el sufrimiento. Los estoicos no se preocupan por aquello que no pueden controlar. Lo que no está a merced de nuestro control, se desprecia, como se desprecia la actitud de la mujer que ya no nos ama. El verdadero esfuerzo de una persona consiste en saber administrar lo que depende de nosotros, que son nuestras opiniones, lo único que en verdad nos pertenece, nuestros actos éticos. Lo demás está adscrito a la soberana voluntad de los otros, un terreno en el que no puedo ingresar a ejercer mi dominio.

Por fortuna, digo, no todos profesan mi apatía hacia la fastuosidad y las conmemoraciones colectivas, porque si así no fuera, un día como el famoso 31 de diciembre, transcurriría en completa normalidad, sin la algarabía del año nuevo, sin sus llantos y supersticiones de pacotilla, una práctica cultural que nunca, desde los días de mi adolescencia, he podido comprender.