El amor y la guerra

El amor y la guerra

Por: Nelson Castillo

Gustavo Petro nos dijo (told us) que tomó las armas por amor. Lo dijo en su réplica ante las acusaciones de Uribe y del atronador senador Mejía del Centro Democrático en el recinto de la Cámara Alta del Congreso, tras haber sido tildado tres veces de sicario por el expresidente, quien manifestó más o menos aquella vez que prefería ochenta veces un guerrillero con fusil en el monte que convertido en un sicario moral.

Amor por Colombia, dijo Gustavo Petro con énfasis, sin alzar la voz, por los pobres, que son las primeras víctimas en los azares de un país tumultuoso, desigual. Amor por la justicia. Tomó las armas porque quería cambiar la anacrónica Constitución de Colombia. Petro jamás ha manifestado vergüenza alguna por su pasado guerrillero, al contrario, se muestra ufano por haber sido un condotiero de nuestros tiempos.

Todo ese amor, dijo, lo llevó a tomar las armas, a pelear en una guerra inútil y dolorosa. Y lo hizo enfilado en el M-19, un grupo guerrillero comandado por el samario Jaime Bateman y conformado por intelectuales, académicos y aventureros soñadores que dieron la vida por alcanzar ese sueño de amor lo más pronto posible, cual fue transformar el mundo en busca de la justicia, dispuestos a no envejecer en el fragor de la guerra.

Muchos de ellos, amnistiados, fueron luego asesinados a mansalva mientras estaban absortos, entregados a los asuntos cotidianos de la vida civil, sin el mínimo presentimiento de que los fueran a matar. Este año, por ejemplo, se cumple el 19 aniversario del asesinato de Carlos Pizarro Leongómez en un avión, en pleno vuelo, mientras se dirigía a Barranquilla a cumplir un compromiso político. Carlos Toledo Plata fue asesinado en el garaje de su casa mientras se disponía a salir a cumplir con sus obligaciones de médico. Antonio Navarro Wolf sobrevivió de milagro al estallido de una bomba lanzada por una mano criminal en pleno armisticio.

No es la primera vez que se habla de amor con respecto de la guerra. El lector de Por quién doblan campanas, la famosa novela de Hemingway, descubre que detrás de todo, más allá de los bombardeos y el humo enceguecedor de los disparos a la distancia, en el centro de la guerra, lo que se cuenta es una historia de amor. Todas las obras son de amor.

Pero fue El Che Guevara el primero en decirlo expresamente. En la Sierra Maestra, en plena guerra de la Revolución cubana, un periodista le preguntó a quema ropa sobre la condición principal que se requería para ser un guerrillero. El Che, sin sonrojarse, detrás de las volutas de humo de su habano, respondió que lo único que necesitaba un guerrillero era amor. Amor por la humanidad, por la justicia, remató ante el asombro del periodista.

De modo que Petro no fue el primero en decirlo. A la larga, viéndolo bien, detrás de toda acción del ser humano está el amor, aun en las brasas ardientes del odio y en todos los carnavales de sus locuras.