Detrás de la corrupción

Detrás de la corrupción

Por: Nelson Castillo Pérez

 
En Colombia la corrupción se percibe desde varios ángulos: el saqueo de las arcas públicas por parte de las administraciones de turno, en contubernio, en algunos departamentos, con grupos al margen de la ley, como sucede en la salud; el deterioro de la democracia, vista como un ejercicio de compra-venta de votos llevado a cabo por aspirantes de los partidos tradicionales y la clientela; y el sector de la justicia, percibido como un instrumento ineficaz, proclive.

 

 

 

Desde la mirilla de la corrupción, en Colombia se vive un derrumbamiento moral causado por la aplastante y nefasta convicción de que “esto no lo compone nadie”. Se tiene el convencimiento de que los gobernantes y sus camarillas se enriquecen ilícitamente, sin remedio. Ese estado de postración de los que enarbolan el pesimismo en cada proceso electoral, genera la permisión y todo se deja como está, porque ¿para qué? De ahí el alto grado de abstencionismo, que según algunos medios de medición llegó en las pasadas elecciones a cifras exorbitantes.

 

 

 

Los que venden el voto, lo hacen bajo la resignación de que no tendrán ya una segunda oportunidad con el político. No volverán a verlo, se esfumará, sus acciones no se verán reflejadas en la transformación social, convencido este a su vez de que el fenómeno aberrante de la compra-venta de voto lo exime de cualquier compromiso con el desarrollo del entorno que lo eligió.

 

 

 

Las causas del estado de guerra y de corrupción galopante que hemos venido padeciendo desde hace muchos años, pueden tener su origen en la ignorancia supina acerca del concepto de felicidad y de los medios para acceder a ella. De hecho, Colombia ha clasificado como uno de los países más felices del mundo en encuestas que confunden capacidad de consumo con felicidad.

 

 

 

Detrás del visible detrimento de los valores individuales y sociales, el grado de corrupción con que se administran los recursos del Estado, el drama de los desplazados por la violencia, la inseguridad, la degradación de las elecciones, el surgimiento del narcotráfico; en fin, detrás de todo eso, se agazapa una equivocada interpretación del concepto de felicidad, que en términos simples se define como tranquilidad de la conciencia después de haber actuado con justa razón.

 
La corrupción debe de ser tan fascinante, que los implicados, enceguecidos por las ansias ciegas de obtener dinero, atraídos por las añagazas de la fastuosidad y la falsa prosperidad, no vislumbran las consecuencias, el escándalo, la cárcel, que es como morirse en vida.

 
La felicidad consiste en prevenir el perjuicio que una decisión en la vida puede causar. Antes de actuar, lo ético, la reflexión, sopesar, escoger lo que mejor conviene. A la felicidad se llega a través de las virtudes, que son actos de la razón. El ser superior es aquel que razona. El fin último de la educación, como dijo Aristóteles, es la felicidad. La corrupción puede ser una inclinación natural de los hombres, pero es deber de la educación formar individuos felices, razonables, temerosos ante la ley y la voz de la conciencia.