Cien años de soledad o la poesía al alcance de los niños

Cien años de soledad o la poesía al alcance de los niños

Por: Nelson Castillo Pérez

Cien años de soledad (CAS) es la novela que yo hubiera querido leer en los días sin asombro de mi infancia. Se trata de un libro de fácil adaptación para los niños. Toda ella, por lo mítica, consiste en un derroche de imaginación donde no existe frontera entre realidad y ficción.

En Macondo la vida sucede a pedir de boca, como les gusta a los niños, sin obstáculos racionalistas, al alcance de los deseos. La poesía surge en virtud de las posibilidades de la imaginación, por encima de la racionalidad. El narrador es el conductor de un sueño que nos satisface la sed de la imaginación.

García Márquez se consideraba un lector ingenuo, no creía que los escritores quisieran significar más allá de lo que escriben. Y así contó CAS, la historia progresiva de sus recuerdos que provienen de una cultura cuyos miembros creen en sus mitos. El truco para hacer creíble la historia consiste en que el narrador cuenta con naturalidad las cosas más asombrosas, como si fuera un niño, y opone a un hecho fantástico uno cotidiano con el fin de desviar la atención del lector, como si fuera un prestidigitador.

En un pasaje, José Arcadio Buendía se abrió paso entre malabaristas de seis brazos en busca de Melquiades y tropezó con un “armenio taciturno” que anunciaba un jarabe para volverse invisible. El gitano, en efecto, se tomó la pócima y se convirtió en un charco de alquitrán pestilente y humeante. Pero el narrador no se detiene ahí y conduce de inmediato al lector por el camino de otros artificios más cotidianos, como el hielo. Es frente al hielo, anunciado por los gitanos como una novedad de los sabios de Memphis, y no ante el hombre que se volvió invisible, donde José Arcadio Buendía se pasma de fascinación y el lector posa su atención.

Así suceden todas las cosas en el mundo de inocencia de Macondo: Remedios, la bella, asciende al cielo asida a una sábana, y luego Fernanda del Carpio refunfuña porque se le llevaron sus sábanas de bramante.

En esa sucesión de inocencia, José Arcadio Buendía quiso utilizar infructuosamente los beneficios del daguerrotipo para registrar la imagen de Dios, pero antes había logrado sincronizar los relojes musicales que los árabes cambiaban por guacamayas hasta el punto de que las notas progresivas alcanzaron un mediodía unánime con el valse completo.

Una noche cualquiera José Arcadio Buendía se conmueve con la mirada desolada con que Prudencio Aguilar lo mira desde la muerte. Y antes de morirse, Amaranta recibe cartas para llevárselas a los difuntos por encargo de sus deudos, como si la muerte fuera una extensión de la vida.

Durante la peste del insomnio, el acónito que Úrsula hizo beber a los miembros de su familia no surtió el efecto esperado, pues en vez de dormir soñaron despiertos. Así fue como Úrsula pudo conocer a los padres de Rebeca, porque en “ese estado de alucinada lucidez” los soñadores no solo veían las imágenes de sus propios sueños sino también las imágenes de los sueños de los otros. Rebeca soñó con un hombre muy parecido a ella acompañado por una mujer, quien debía de ser la madre, pero Úrsula no creyó que los hubiera conocido en el pasado.

CAS es una novela inmortal donde todo es posible, como le gusta al niño que aún llevamos por dentro.