La mirada del amor

La mirada del amor

Por: Nelson Castillo Pérez

“Una propuesta indecente”, la película protagonizada por Robert Redford que en su momento dio mucho de qué hablar, debió llamarse “La mirada del amor”, que es el elemento que concreta la película. El final de este filme se percibe inesperado, y, de hecho, lo es, como debe ser todo buen final de una obra, ya sea película, cuento o novela.

Cualquiera pudo imaginar la consumación del matrimonio del multimillonario con la bella mujer. Porque ya todo estaba dado.

Los torpes ataques de celos del esposo, ridículo por lo demás, justificó la separación, a pesar del esfuerzo de la mujer por corregir el rumbo que habían tomado las relaciones después del encuentro amoroso entre ella y el multimillonario, todo lo contrario a lo que se había acordado.

Este, por su parte, había dado muestra de su amor hacia la mujer, colmándola de finas atenciones y dádivas lujosas. Su noche de amor con la bella mujer no había sido sólo sexo. Aquel encuentro en un lujoso yate en la mitad del mar había dejado un rastro imborrable en su alma. No era jactancia de mujeriego lo que experimentaba. Detrás de su piel ardía la llama de un auténtico amor. La quería para siempre.

Hasta cuando David, ya abandonado por la furia bestial de los celos y apaciguado por el don de la comprensión, llegó a hablar con Diona, quien departía un instante esplendoroso con su prometido. Su intención no era ni mucho menos reconquistarla, aunque en el fondo la seguía amando (la amaba tanto, que la había comprendido). Se trataba quizás de un asunto financiero.

Haciendo alarde de su buena educación, el multimillonario los dejó solos para que dialogaran sin tapujos, a pesar de que él y ella se encontraban ad portas de contraer matrimonio.

La actitud que adopta es sensata. Se coloca en un lugar desde donde puede mirar el rostro de la mujer. Desde allí se da cuenta de todo. Pero los espectadores de la película, no. Sólo al final, cuando van de regreso en la limusina, asistimos a una escena desconcertante: el multimillonario, sin agredirla, le agradece a la bella mujer por el placer que le concedió, ya ella hacía parte de la colección de bellas mujeres que había logrado gracias al poder del dinero. Muy pronto nos damos cuenta de que el multimillonario lo está echando todo a perder después de muchos esfuerzos de conquista. Descorre el vidrio que los separa del conductor e involucra a este en el plan. Le hace confesar secretos que guardaba de las aventuras de su jefe con las mujeres. La mujer, desde luego, se siente ultrajada, pero sin gestos que develen su sufrimiento ante la inminente separación, y solicita detener la limusina y se baja.

El multimillonario lo ha echado todo a perder. Lamentable. Uno no es capaz de zentender nada hasta cuando el chofer le pregunta la razón de aquella torpe actitud, y él habla de la mirada con que ella había visto a su exesposo. Nunca ella lo había mirado a él así, desde el fondo del alma. Era la verdadera mirada del amor. Lo mejor, que se reconciliaran. Al fin y al cabo, todo entre él y ella había sido el producto de una indecencia.

La película cuaja su trama cuando el multimillonario, maduro y apuesto, le propone a David pagarle un millón de dólares a cambio de pasar una noche con su mujer. Aquella noche, ni la mujer ni su marido pudieron dormir. Se descubrieron ambos despiertos a una hora alta de la noche, dándole vueltas al asunto. Era un matrimonio feliz, pero con muchas deudas. Con el millón de dólares podrían pagarlas todas. La vida les cambiaría. La mujer acepta que lo haría por él. Reconocieron que ambos se habían acostado antes de casarse con otras personas. ¿Qué más daba? Pero no fue fácil. Después de haber firmado el contrato, David se arrepiente, no aceptará que su mujer, a la que ama sin medida, pase una noche con otro hombre, pero ya es tarde. A la mañana siguiente, cuando la ve llegar, empieza el infierno. El trato había sido no hablar del asunto en el resto de la vida. Pero David no puede detener el torrente de su imaginación, lo que su mujer y el millonario pudieron haber hecho la noche anterior. Rompe el trato y, derrumbado por los celos, hace preguntas íntimas de aquel encuentro. Una de las respuestas de la mujer es sincera, demoledora: sí, fue bueno el sexo con el multimillonario. Los días posteriores fueron el infierno. Hasta cuando, por fortuna, llega la sensatez.