Tres Piedras y Betancí

Tres Piedras y Betancí

Crónicas de “Pacho” Mendoza

Una leyenda indígena Zenú, da cuenta que en un sitio cercano al Caño Betancí y sobre su margen derecha fueron sepultadas tres jóvenes doncellas que habían fallecido víctimas de una epidemia que azotó la región. Para ello, por determinación de sus padres y del Cacique de la zona, encima de las sepulturas fueron colocadas tres grandes piedras, que trajeron desde el sitio Sierra Chiquita, aguas abajo del río Sinú y luego por el Caño Betancí. Tales deseos y órdenes se cumplieron al ser sepultadas las tres adolescentes en un sitio escarpado de la ribera derecha del Caño Betancí. Con el tiempo, y en forma misteriosa, las tres piedras desaparecieron, pero como la leyenda pasó a conocimiento de otros pobladores diferentes a los nativos Zenúes, aquellos respetaron el lugar aludido y lo dejaron como plaza pública, prometiendo que en homenaje a las tres doncellas, el caserío se llamaría Tres Piedras.

Sus primeros pobladores, con su trabajo de asalariados, contribuyeron al nacimiento y expansión de grandes haciendas ganaderas. De la lista hicieron parte La Torpeza, Currayao… y muchas más, en el comienzo del valle de la parte final del Alto Sinú. En ellas fueron jornaleros, caseros y vaqueros. Pero pasaron los años y los pobladores y las generaciones siguientes determinaron realizar las más variadas actividades. Los primeros hacendados no llegaron como tales. Algunos se sumaron a la aventura de los fundadores, pero lo hicieron dispuestos a trabajar sin disfrutar en muchos años el resultado de ese esfuerzo.

Por eso se convirtieron en los pioneros de las grandes primeras haciendas del Sinú. Esta tesis que sólo se descubre cuando se escudriña la historia, demuestra que los primeros latifundios de la región no fueron producto de grandes capitales, sino de mucho trabajo, privaciones, visión y objetivos claros hacia el futuro. En aquellos tiempos nacieron los pescadores en el Caño Betancí; nacieron y llegaron los comerciantes que comenzaron con pequeñas tiendas que vendían centavos de azúcar o de café que alcanzaban para toda la familia durante una semana y más tarde esos pequeños negocios crecieron para atender la demanda de todos los consumidores de la región que llenaban la plaza y las principales calles de Tres Piedras con sus recuas de caballos, mulos y asnos, cuando en los fines de semana, hacían un alto en la rutina diaria dirigida a descuajar la selva y plantar pastizales para la ganadería.

A través de los años surgieron personas valiosas por sus servicios a la comunidad, especialmente en épocas en que los sectores rurales no disponían de vías de comunicación terrestre, y que aún tienen vigencia por tradición o por necesidad: Se trata de las comadronas, de los curanderos de mordeduras de culebras, los “sobadores” de “descomposturas” y las o los rezanderos de velorios. Y así creció el pueblo. Y con él, las necesidades y el progreso. Y con este llegaron las escuelas, la salud y las vías de comunicación. Y con ellas, otras familias que trajeron otras creencias, otros hábitos, otros valores que enriquecieron a los de los primeros y siguientes hombres y mujeres de Tres Piedras.

También surgieron las manifestaciones culturales; el folclor con ancestros en el Bajo Sinú o las Sabanas, también surgieron con su propia identidad: Las décimas, el Grito de Monte o el Canto de Vaquería; las Leyendas Sinuanas que magistralmente recogió en voluminosas páginas Manuel Mendoza Mendoza. Y los primeros y nuevos pobladores de Tres Piedras soltaron a volar la imaginación creando su propia versión de “Las Mil y Una Noches”.

Pero también enriquecieron los cuentos de “Tío Conejo”, “Tío Tigre” o “Tía Zorra”, que se convirtieron en leyendas de osadía y sagacidad, que alimentaron en los niños el deseo de descubrir el mundo, o de entender mejor el entorno que habían heredado.

Entonces, ante el conocimiento de una “Flauta Encantada”, comprendieron que los Pitos indígenas eran más melódicos, al tiempo que otros hicieron como propios los tambores negros. Y “casaron” esa expresión autóctona para enriquecer sus manifestaciones musicales y folclóricas, con los ancestros africanos.

También en Tres Piedras nacieron y desaparecieron las Bandas de Músicos. Cosa igual ocurrió con la tradición sinuana de las Fiestas de toros en Corralejas. Hace algunos años, en la Vereda Maracayo, fue organizada una Banda de Músicos dirigida por el líder de aquella comunidad Cayetano Restán. De ellas hicieron parte Wilmer Herrera, Alonso Medina, Delio Restán, Epifanio Herrera, Pascual Pérez, William Calderín, Jaime Medina, Oswaldo García, Manuel Navarro del Castillo, Franklin Herrera, Lino Pastrana y Francisco Viloria.

Maracayo, es un sitio de extraordinario valor arqueológico y una de las principales sedes de la cultura Zenú. Aún quedan vestigios materiales de los cementerios indígenas. Los principales son Maracayo, Flamenco y Junquillo. El Oro y la Cerámica, principales elementos de la Cultura Zenú, quedaron sepultados en cumplimiento de la tradición de aquellas comunidades junto con los restos óseos de los “Señores de la Comarca de Sol” como la llamara Antolín Díaz. Y después todas las iniciales conjeturas que se hacían en torno a la riqueza arqueológica y metalúrgica de la Cultura Zenú, entre 1956 y 1958, las confirma científicamente Reichel y Alicia Dolmatoff, cuando después de sus investigaciones en el Cerro del Mohán en Momil, también las adelantaron en la zona de Betancí, en la parte norte de la Ciénaga del mismo nombre.

Después y siempre, numerosos estudiosos e investigadores han visitado y visitan la zona por su importancia histórica, arqueológica y etnográfica, no sólo de Colombia, sino de Latinoamérica, ya que su origen se remonta a muchos siglos antes de la Era Cristiana. Durante la Conquista, los españoles saquearon las primeras tumbas de Betancí y buena parte del oro que orlaba los templos sagrados de los Zenúes, que incluía los árboles de las zonas exteriores. Luego, llegaron los primeros guaqueros. Entre ellos se recuerda a Gumersindo Montoya, un aventurero y visionario paisa que durante muchos años excavó las tumbas hacia un futuro incierto mientras que el destino, esporádicamente lo ilusionaba. Y muchos “guaqueros” más de la región como los Begambres y Rafael Negrete entre otros, siguieron sus pasos. Otros sintieron la satisfacción de aprovechar las Cerámicas que también tienen apreciable valor histórico, arqueológico y etnográfico. Tanto que hoy son conservados celosamente en muchos museos de Colombia y del mundo, mientras que algunas piezas se hallan en poder de coleccionistas privados.