Mitos y leyendas

Mitos y leyendas

Por: Antonio Sánchez Charry

Las tierras del Sinú, San Jorge y Sabanas se encuentran llenas de leyendas y creencias, muy arraigadas, principalmente en sectores campesinos que forman parte de la historia de todos estos pueblos.

Por ejemplo, el escritor Jairo Sánchez Hoyos cuenta que en la población de Colomboy (Sahagún), apenas comenzaba a anochecer todos sus habitantes se refugiaban en sus viviendas llenos de terror, a la espera de la aparición de una mujer que se cubría con un vestido transparente, y que recorría las calles clamando a gritos por su hijo. En una de esas noches, un campesino se arriesgó a permanecer oculto a orillas del pozo desde donde aparecía y desaparecía la mujer. La vio, luego de su recorrido, desapareciendo bajo las aguas. El abuelo regresó al pueblo narrando los hechos y muchos amigos lo acompañaron en las noches siguientes pero no la volvieron a ver.

Para Luis Martínez Aleán, Córdoba era una tierra embrujada, en las oscuras noches, cuando en los pueblos se alumbraban con el candil y el pabilo, por calles solitarias se escuchaba el cantar de la “pava congona”, el “tres pies” y el “pájaro puerquero” que se mezclaba con los alaridos del “Gritón” o los lamentos de la “Llorona”.

Para la época en que se hacía la recolección de la cosecha de maíz, al caer la tarde aparecían por los sembrados 3 muchachitos negritos danzando. Los campesinos corrían a encerrarse llenos de temor.

Apenas culminaba la recolección de la cosecha desaparecían los negritos. Muchos vieron también aparecer por la montaña una mujer de gran talla y con fuerza descomunal, alguna vez atrapó a uno y lo mantuvo abrazado fuertemente soltándolo y luego desapareciendo en la manigua.

Entre las historias narradas por don Jaime Exbrayat se encuentra una que habla de la aparición de un carro fantasma en los caminos del Sinú. El mencionado vehículo transitaba en la noche con las luces encendidas a lo máximo, encandilando a los que lo hacían en sentido opuesto. Cuando el choque parecía inevitable el carro fantasma desaparecía. Muchos conductores al tratar de evitar la colisión iban a dar a un barranco o a estrellarse contra un árbol. Muchos recibieron graves heridas.

Entre los sinuanos y sabaneros aún persiste la creencia de que el canto del pájaro Yacabó anuncia la muerte de alguna persona.

Oscar Díaz Petro, quien por muchos años fue propietario de una finca por la vía Montería-Tierralta, sector de la Apartada a Valencia, nos contó que por allí se producía periódicamente la aparición de un campesino montando un caballo azabache y sembrando el terror entre las familias del sector. En algunas noches, luego de transcurridas las peleas en la gallera de la Apartada, los asistentes regresaban a sus viviendas pero por el camino se les aparecía el hombre del caballo haciéndoles cabriolas y con estruendosas carcajadas festejaba el terror que su aparición provocaba. Luego de algunas indicaciones se conoció que se trataba de un sujeto dedicado a la brujería y que poseía poderes diabólicos que eran utilizados para sembrar el terror entre sus amigos. Igualmente, por aquella misma región, cerca al puerto en Rionuevo hacía su aparición un toro de piel brillante, ojos como llamas de fuego y unas descomunales astas con las cuales corneó a más de un campesino que se arriesgó a transitar por la vía hacia Valencia.

Jerónimo Calderín Cabrales, un gran aficionado a las excursiones de caza, contaba que merodeaba por los lados de la hacienda “Currayao”. A eso de la media noche vio un animal que se le venía encima, y para evitar la cornada logró treparse en un árbol. Cuando miró hacia abajo se encontró que estaba completamente sólo. Aterrorizado comunicó a su primo, Rosendo Garcés, que buscara otro para cazar el tigre.

Los aficionados a las fiestas de corralejas aseguran que no hubo en las plazas del Sinú, San Jorge y Sabanas, un mantero más atrevido que el llamado “Negro Buba”, oriundo de la localidad de Rabolargo (Cereté). Aseguraban que “Buba” estaba embrujado y que era poseedor de los “niños en cruz”. Su cuerpo era un mapa por las numerosas heridas conseguidas al enfrentarse a verdaderas fieras en las corralejas, y con todo eso seguía siendo el rey. “Buba” hacía vida marital con una mujer a la que se le conocía como “la Mingocha”, de quien se decía que era bruja y que tenía “asegurado” al “Buba”. En varias ocasiones “la Mingocha” había manifestado que la muerte del “Buba” se la iba a ocasionar un toro negro. Y así sucedió. En la corraleja de Cotorra lo destrozó un toro de ese color que era conocido como el “Diablo”. Durante el velorio, en su pueblo de Rabolargo, vieron llegar a una mujer morena que lloró abrazada al ataúd. Lugo, sin mirar a ninguno de los presentes, desapareció por donde había llegado. Compañeros del “Buba” aseguraron que se trataba de la “Mingocha”.

En muchas regiones de Córdoba fueron famosas las andanzas de Juan Lara, quien murió enamorado de una mujer llamada Zenobia, la que nunca prestó atención a sus requerimientos. Al morir Juan Lara exhibía una malévola sonrisa dejando que brillaran sus dientes, todos forrados en oro. Esa misma noche se le apareció a Zenobia, cuando ella se encontraba en una mecedora a la puerta de su residencia, vio llegar a Juan Lara, jinete sobre un caballo y recitándole versos. Días después Zenobia fue hallada muerta en su alcoba. Dicen los familiares y amigos que estaba irreconocible. Tenía un escapulario en las manos y señales de mordiscos por todo el cuerpo. Había sido despojada de sus vestiduras. Algunos aseguran que antes o después de muerta había sido violada. Juan Lara siguió haciendo apariciones en diferentes lugares, donde había una mujer bonita que despertara su interés allí insistía lanzando piedras sobre el techo, rompiendo vajillas, besando a su preferida y haciendo huir a sus amigas; sólo cuando intervenía un sacerdote cesaban las actuaciones del terrorífico Juan Lara. Se decía que poseía a las mujeres que le gustaban y perseguía a las que se le oponían. Las mujeres tenían que huir a otras regiones y someterse a exorcismos por parte de sacerdotes especializados. Con el correr de los años Juan Lara pasó a ser una leyenda del pasado.

Noches angustiosas vivieron en el pasado los habitantes del Barrio Sucre, al norte de Montería. Por las orillas del río Sinú, entre las calles 41 y la llamada Playa de la Brígida. Por allí, en las noches de luna llena aparecía un caballo sin jinete, que tenía una cola de pescado, y golpeaba fuertemente con sus cascos, relinchando y dando coces en los andenes de las viviendas. Un grupo de atrevidos monterianos encabezados por Jerónimo Mendoza, Toño Olmos Gómez, Francisco Otero Grey, Oscar Benedetti, popularmente conocido como “Bola de Queso”, y Norman Espinoza Lora, armados con escopetas, machetes, garrotes y sogas comenzaron a patrullar la zona durante varias noches sin lograr hallar al “aparato”. La noche que sólo patrullaron Norman Espinosa, Pacho Otero, Jorge Romero Peña y Oscar Benedetti, fueron sorprendidos por el caballo que les dio de patadas y los dejó tirados a orillas del Sinú. Una misa campal, oficiada por el sacerdote Telmo Padilla, compadre de Pacho Otero, ahuyentó definitivamente al caballo que aterrorizó durante muchos meses a los habitantes sucreños.