Campaña libertadora

Campaña libertadora

Por: Antonio Sánchez Charry

Agradable sorpresa nos dio el Ministerio de Educación Nacional al disponer que en todos los establecimientos escolares del país volviera la cátedra de historia, pero principalmente la de Colombia.

Hoy vamos a referirnos al libertador Simón Bolívar Palacio y contaremos parte de la agitada vida del héroe que protagonizó el más importante papel en la independencia de América.

Simón Bolívar nació el 24 de julio de 1783, en la colonial residencia de “La Estancia de San Mateo”, en jurisdicción de Caracas. Era hijo de Vicente Bolívar y Aponte y María de la Concepción Palacio. Sus hermanos fueron María Antonia, Juana y Juan Vicente. Sus ancestros procedían de España y habían arribado a estas tierras por los años de 1559.

Cuando el libertador contaba apenas con 3 años de edad muere su padre, dejando una inmensa fortuna en viviendas en Caracas, cultivos de cacao, casas de campo a orillas del mar, más de mil esclavos, fincas, minas de cobre, trapiches azucareros y centenares de semovientes. Su tío Feliciano Palacio asume como su tutor al morir doña Concepción.

Para entonces Bolívar contaba con 9 años. Su aya, Hipólita, una esclava negra, hace las veces de madre, a quien el joven Bolívar le pone todo su afecto.

Su riqueza se incrementa grandemente con la muerte de su tío Juan Félix Jerez Aristeguieta, un religioso, que le deja por herencia gran fortuna en bienes raíces, que lo convierten en uno de los más ricos del país. Su preceptor fue Simón Rodríguez, experimentado ciudadano de la pequeña burguesía, con amplia vinculación en las esferas políticas europeas.

Bolívar comienza a conocer las barbaridades realizadas por los españoles, que encarcelaban y ejecutaban a todos los que consideraban enemigos de la corona, imponiendo castigos inhumanos a quienes defendían la libertad del pueblo. Rodríguez lo entera del movimiento revolucionario que se aviva en la Nueva Granada con la declaración de los Derechos del hombre dados a conocer por Antonio Nariño, lo que llena de entusiasmo al joven libertador que sueña con repetir esta experiencia en su patria. A los 15 años forma parte de un grupo que conspira contra las autoridades. Se descubre el complot y sus cabecillas, entre los cuales se encuentra su maestro Simón Bolívar Rodríguez, son apresados, y Rodríguez logra huir .

Para 1779 Bolívar ingresa al ejército Español, con el grado de subteniente y parte para España, cuando ya ha cumplido los 16 años. Su residencia en Madrid es la casa de su tío el Marqués de Ustariz. Allí conoce a María Teresa del Toro, hija de un noble venezolano, la que más tarde se convierte en su esposa, y con la cual regresa a Venezuela. Estando en Caracas muere María Teresa a solo un año de su llegada. Atormentado por este acontecimiento decide regresar a Europa. Para esa época ya cuenta con 20 años de edad. De España se traslada a Francia. En París se encuentra con Fanny Du Villars, una lejana prima, con la cual vive como amante y confidente. Por intermedio de ella se relaciona con las más importantes personalidades de la sociedad parisina. Para entonces Francia vivía bajo el esplendor de la dictadura de Napoleón. La vida del libertador transcurre entre jóvenes ociosos que pasan las noches en tabernas, salones de baile y en las mesas de juegos, en donde dejaba verdaderas fortunas.

Pero un día cualquiera decide poner punto final a la vida disipada que lleva y le escribe una carta a su amante Fanny en donde le dice “El presente no existe para mí, es un vacío completo donde no puede nacer un solo deseo que deje alguna huella grabada en mi memoria. Apenas tengo un ligero capricho lo satisfago al instante… Los profundos cambios son el fruto de la casualidad. Reanimarán acaso mi vida? Lo ignoro. Pero si no sucede esto volveré a caer en la confusión… París no es el lugar que puede poner término a la vaga incertidumbre de que estoy atormentado…”
Años más tarde al referirse a Napoleón le dice a su edecán O’ Leary: “Yo adoraba a Napoleón como al héroe de la República, como al genio de la libertad. En el pasado yo no había conocido nada que se le igualase… Se hizo emperador y desde aquel día lo miré como a un tirano hipócrita, oprobio de la libertad y obstáculo al progreso de la civilización. Me imaginaba verle oponiéndose con éxito a los generosos impulsos del género humano, que se adelanta hacia su felicidad y derribando la columna sobre la que estaba colocada la libertad, que no volvería a levantarse.

Desde entonces no pude reconciliarme con él; su gloria misma me parecía un resplandor del infierno, las lúgubres llamas de un volcán destructor cerniéndose sobre la prisión del mundo. Miraba sorprendido a Francia cambiando por una corona el gorro de la Libertad…. La corona que se puso Napoleón sobre la cabeza, la miré como una cosa miserable y de moda gótica; lo que pareció grande fue la aclamación universal y el interés que inspiraba su persona”.

Pasada la euforia de la coronación de Napoleón, el interés de los parisinos se centra en la llegada de A. Von Humboldt un sabio alemán que retorna de un viaje investigativo por América, con aportaciones científicas invaluables, luego de haber estado trabajando durante cinco años en compañía de su colaborador Bonpland. Gracias a él América, y en especial Venezuela, son conocidas en Europa. Presenta piezas de gran valor arqueológico y una selección de plantas que posibilitarían los futuros hallazgos en el campo de la etnografía, geográfica, geológica, climatología, zoología, etc.

Humboldt también era portador de las enormes posibilidades que América poseía en potencia, pero considerando que para poder desarrollarlas debía independizarse del dominio español. Afirmaba que aquellos países estaban maduros para la revolución pero que lamentablemente no existían las personas capacitadas para guiar los destinos de estos futuros Estados. Bolívar asiste a la exposición organizada por el sabio alemán, con quien simpatiza y hablan de la impresión que le ha causado Venezuela. Entonces Bolívar ve desfilar ante sus ojos el perdido paisaje de su infancia. No es exagerado decir que Humboldt acababa de descubrir a América para el joven libertador.

Llamado por su joven alumno, Simón Bolívar llega a París y de allí, en su compañía viaja a Roma, en donde Bolívar acompañado del embajador español visita en el Vaticano al Papa Pío VII. El embajador se inclina y besa las sandalias del santo padre. Bolívar rehúsa altivamente, y manifiesta: “Muy poco debe estimar el Papa el signo de la religión, cuando lo lleva en sus sandalias, mientras que los más orgullosos soberanos de la cristiandad lo colocan sobre su cabeza”. Desde la cima del monte Aventino reflexiona en voz alta: “Juro por el Dios de mis padres; juro por mi honor y juro por la patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”.

Al conocer que Francisco Miranda ya se encuentra en la América al frente de una sublevación, emprende definitivamente el regreso a Venezuela, corría para entonces el año de 1807. Antes de su llegada hace escala en los Estados Unidos y conoce su sistema de gobierno, del que queda sumamente impresionado. Apenas toca tierra venezolana se entera del fracaso del intento de Miranda. Considera que la hora de la revolución aún no ha llegado. Se une a un grupo subversivo. Cuenta entonces con 23 años, pero carece de experiencia política y militar.

Para cumplir con sus propósitos el libertador tiene frente a él una difícil empresa en la que tendrá que dejar su vida misma, deberá luchar contra los ejércitos españoles y contra las incomprensiones de quienes no supieron, o no quisieron sacrificar sus puntos de vista personales en aras de la causa común. Tiene que estar en el campo de batalla, con las armas en la mano, y manejar la política interna e internacional. Luchar contra los traidores, contra la red de malas intenciones, que llegarán hasta el atentado contra su vida.

Muchas veces el libertador se encuentra solo y otras, moralmente derrotado. Cuando se siente derrotado busca refugio para sus reflexiones y para encontrar la forma de seguir con el movimiento libertador que ya es irreversible.

La llegada a Caracas del joven caudillo es recibida con regocijo por la sociedad venezolana, ávida de novedades provenientes del viejo mundo. Frecuenta las residencias de los más notables y reanuda su amistad con su antiguo profesor Andrés Bello, convertido ya en prestigioso poeta.

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Con el apoyo de la obra “Caminos Abiertos por Simón Bolívar”.