Rodrigo «Rocky» Valdez, el último valiente

Rodrigo «Rocky» Valdez, el último valiente

Rodrigo «Rocky» Valdez (Cartagena de Indias, 22 de diciembre de 1946-14 de marzo de 2017),1 fue un boxeador colombiano, dos veces campeón mundial de los pesos medianos. Fue célebre por su rivalidad con Carlos Monzón. Valdez fue entrenado por el famoso Gil Clancy.

Carrera profesional: Nacido en el departamento de Bolívar, Colombia, Rodrigo Valdez comenzó su carrera con una victoria sobre Orlando Pineda por decisión en un combate a 4 asaltos el 25 de octubre de 1963 en Cartagena. Posteriormente ganó los ocho siguientes combates y el 2 de octubre de 1965 perdió por nocaut en un combate contra Rudy Escobar.

Después de la derrota, mantuvo un historial de 13 victorias y dos empates en quince peleas. Sin embargo, en su primer combate internacional el 16 de febrero de 1969 en Ecuador, perdió por decisión contra Daniel Guanín. Pasada esta derrota se trasladó a los Estados Unidos y entre 1969 y 1970 se presentó en rings de Nueva York, Nevada y California, llegando a ganar siete peleas y empatando dos.
Título mundial
Valdez ganó dos encuentros antes que el Consejo Mundial de Boxeo le pusiera como contrincante de Monzón quien no aceptó el combate lo que le llevó a perder el título, aunque retuvo el de la Asociación Mundial de Boxeo. Valdez y Briscoe se encontraron de nuevo para luchar por el título mundial de los pesos medianos del Consejo Mundial de Boxeo el 25 de mayo de 1974 en Montecarlo, el cual ganó Valdez por nocaut en el séptimo asalto. Posteriormente defendió el título ante Rudy Valdez, Ramón Méndez, Gratien Tonna y Max Cohen hasta que Monzón finalmente aceptó pelear contra él.

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Una semana antes del encuentro, el 19 de junio de 1976, el hermano de Valdez fue asesinado durante una pelea en un bar en Colombia. Valdez que ya se encontraba en Montecarlo intentó retirarse de la pelea para regresar a su país y acompañar a su familia pero estaba obligado contractualmente a pelear con Monzón, así que permaneció en Europa y el 26 de junio, Valdez perdió la unificación del título por decisión unánime en un combate a 15 asaltos.

Posteriormente Valdez ganó dos encuentros antes de volver a Colombia.

La Asociación y el Consejo consideraron hacer una segunda pelea entre Valdez y Monzón, la cual se llevó a cabo el 30 de julio de 1977, de nuevo en Montecarlo. En esta ocasión Valdez llevó a la lona a Monzón en el segundo asalto, convirtiéndose en el segundo hombre capaz de mandar al argentino al suelo en toda su carrera. Valdez aventajaba después de siete asaltos, pero Monzón se sobrepuso y logró mantener el título por decisión.

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Monzón anunció su retiro del boxeo poco después, lo que llevó a que el título quedara vacante. El 5 de noviembre de 1977 Valdez y Briscoe se encontraron nuevamente luchando por el título mundial de los pesos medianos en Campione d’Italia. Valdez recuperó el título por decisión en 15 asaltos. En su primera defensa el 22 de abril de 1978 lo perdió contra el argentino Hugo Corro en San Remo, Italia.

El 11 de noviembre de se mismo año se reencontraron en el estadio Luna Park de Buenos Aires en donde Corro repitió su victoria a quince asaltos reteniendo el título.

A continuación queremos compartir con nuestros lectores apartes de una excelente crónica inspirada por Alberto Salcedo Ramos en el año 2010.

Texto: Alberto Salcedo Ramos
Memorias del último valiente. La historia de Rocky Valdez
Desde cuando llegaste a Nueva York, a los veintitrés años, Gil Clancy predijo que te convertirías en una leyenda. Pero ¿cómo le entendías, coño, si él lo pregonaba en inglés y tú en ese idioma apenas distinguías el “good morning” y el “one-two-three”? Se suponía que Estados Unidos te convendría porque allá te foguearías con rivales de calidad. En Colombia, tú y yo lo sabemos, nunca han abundado los buenos boxeadores en la división de las 160 libras. Por ese lado sí fue verdad que te beneficiaste, aunque el precio que pagaste fue altísimo. El día que faltaba ‘el Chino’ Govín el mundo se te trastornaba: te servían pancake cuando en realidad querías huevo frito, lanzabas el puño izquierdo cuando te pedían tirar el derecho. Claro que, al fin y al cabo, a ti te daba la misma mierda “right” que “left” porque con cualquiera de las dos podías quebrarle la mandíbula al que se te enfrentara.

Esa íntima convicción derivaba en franca apatía por la lengua ajena: aunque no lo dijeras en voz alta, considerabas innecesario aprender inglés. Te parecía una misión imposible, además. Estimabas más útil invertir el tiempo en el gimnasio, pulir el recto de derecha. Para salvarte en el ring te bastaba con meter un buen uppercut en la punta de la barbilla. Nunca se ha visto, mi vale, que cambiar “luna” por “moon” sirva para noquear a nadie. Tu única arma para ganar el sustento eran los puños. Porque te digo algo, viejo Rocky, tú no tendrás ni la menor idea de quién coño fue Descartes, pero sabes, como él, que donde más cerca se encuentra una mano dispuesta a ayudarlo a uno es en el extremo del propio brazo de uno.

A menudo, después de ganarle a algún rival importante, pedías permiso para venir a Colombia, y cuando llegabas acá ya no querías retornar a Estados Unidos. Tus manejadores debían esforzarse muchísimo para convencerte. En el fondo, lo que más te afligía de aquella vida que considerabas prestada no eran las dificultades con el idioma, sino lo lejos que te quedaba Cartagena. Pero ¿sabes, Rocky, tu actitud indicaba a las claras que nunca habías salido de tu ciudad. Y justamente por eso te sentías perdido en Nueva York.

Te encuentro en el Pasaje 13 del Mercado de Bazurto. Entonces, durante esta tarde y las dos que siguen me contarás muchas de las historias que componen este relato. Allí estás con tus amigos de toda la vida: Arturo González, quien tajaba pescados contigo en el antiguo mercado del Arsenal, y Omar de la Hoz, uno de los compadres que te recib ieron en el aeropuerto cuando volviste con la corona de campeón mundial.

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—Lo mejor de mi compadre es que nunca olvida a su gente —exclama González mientras te da una palmada recia sobre el hombro.

La frase de González ha hecho carrera en Cartagena. Circula en el correo del viento a través de plazoletas y zaguanes. La repiten como un Credo el vago del parque y el periodista deportivo. Quienes te conocen saben que, por mucho que te alejes, tarde o temprano retornas a los mismos lugares de siempre. Citan, a manera de ejemplo, la siguiente historia: Aída Iriarte fue tu primera esposa cuando tú apenas tenías dieciocho años. Ella te dio a tu primer hijo, ella estuvo contigo en la época de las penurias. ¿Qué pasó cuando se separaron? Aída se consiguió un nuevo marido, hombre buenísimo, caramba. Y tú te conseguiste cinco esposas más en los años posteriores. Eso sí: vivieras con Juana o vivieras con María, siempre almorzabas en la casa de Aída.

—Mija —gritaba el marido de Aída cuando te veía llegar—, ¡corre, que llegó el Rocky!
Aída partía como un rayo hacia la cocina para prepararte tu posta de sierra con yuca. El marido, entre tanto, te preguntaba si querías guarapo, champion, o si preferías limonada.

De no ser porque murió en 2006 todavía almorzarías donde ella, champion.

En este eterno retorno a las raíces encuentro mucho más que la expresión de sencillez y gratitud que todos te alaban, Rocky. Me parece que allí hay, además, una búsqueda tribal de protección. Cuando regresas al mercado de tus tiempos duros no solo eres el hombre generoso que socorre a un vendedor ambulante caído en desgracia, sino también el animal que se reintegra a su manada para sentirse seguro. La rutina invariable te permite crear una ciudad a la medida de tu carácter desconfiado. Se alarga el sur, se alarga el norte, se alarga el este y se alarga el oeste, pero la Cartagena por donde tú transitas a diario sigue siendo una villa reducida que se ajusta a tu naturaleza aldeana.

—Edda, compa, eso sí es verdad que aquí entre nosotros el Rocky se siente seguro —dice Omar de la Hoz.

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